la literatura japonesa, y quizá peco de generalista, porque solo conozco -profundamente?- la literatura anterior a la Guerra del Pacífico, la literatura japonesa, retomo el hilo, tiene la fea costumbre -por llamarlo de alguna manera- de no contarte lo que la occidental siempre te acaba contando.
Es decir, en una novela, o cuento, los personajes, protagonistas, viven arrastrando un secreto -cosa muy normal en muchos cuentos y novelas occidentales y mundiales- pero mientras en la literatura occidental, la mayoría de las veces (es costumbre que, ahora, aparezcan las múltiples excepciones que confirman la regla) tarde o temprano se acaba desvelando el secreto – aunque sea terrible, y esto produzca una sensación de carga o de sofoco sobre los personajes, de un modo o de otro se desvela – en la literatura japonesa, pongo nombres: Tanizaki, Söseki o incluso Kawabata, no.
El hilo argumental se va desarrollando poco a poco, sin prisas, y en algún momento descubres que el personaje, o personajes, cargan con un secreto, un pasado oscuro, un incidente que les marca, les duele, y les hace ser como son. Es como una sombra, o una fotografía desenfocada. Algo que está allí, tiene un peso real y clave pero no se sabe por qué ni en que condiciones exactas. Cuando parece que se va a abrir una puerta y a revelar algo, aunque sea una nímia información, la narración se vuelve a retraer, se torna pudorosa, y regresa a la historia. Poco después, se vuelve a dar la situación, como si se hubiese dado un rodeo, y parece que la conversación vira o se acerca de un modo en que sí, ahora sí, el personaje abrirá la boca y se explicará, entonces calla, agacha la mirada, sorbe un poco más de sake, y empieza a hablar de otra cosa. En otros momentos, parece ser que alguien (un tercer personaje) con más información nos dará las pistas necesarias para descubrirlo, pero en cambio, todo se vuelve referencias vagas, despistes, extrañas insinuaciones que callan más que lo que dicen de modo que casi estás más perdido que al principio, e incluso te sientes un poco mal, por el hecho de pensar que quizá estás pensando que el secreto es más terrible de lo que podría ser en realidad. Así con todo, hemos dado vueltas a ese punto oscuro, a ese secreto, de modo que sería incluso posible dibujar una cartografía de la vida de los personajes (nos han dado información sobre cual es su comida preferida, los libros que leen, de que color son las ropas que visten, como se peinan y cómo caminan) de manera que todo se acabe estructurando alrededor de un vacío, una mancha oscurecida. Quizá con alguna pista casi de mentira hemos sido nosotros los que nos hemos montado y construido a base de evocaciones y sobre todo de nuestras propias experiencias o creencias literarias un fantasma de lo que realmente pudo haber sido ese secreto, un intento de pieza que pueda encajar en el puzzle, porque tenemos la necesidad de llenar ese hueco, porque no soportamos la idea de no saberlo.
Y el libro o el cuento se acaba, y resulta que no, que no te lo han dicho, con lo cual no puedes ni confirmar mínimamente tus sospechas.
A veces, cuando la narración se escribe en primera persona, casi como si fuese una autobiografía, un diario, o una confesión, el escritor se dirige al lector, o a si mismo, y reconoce su incapacidad de ponerlo por escrito. Aún insinuando que es una historia que escribe por la pura necesidad de poder explicarse las cosas a si mismo, y sin querer que eso nunca lo llegue a leer nadie, ni con esas, es imposible que él pueda decirselo a si mismo. Como si repetirlo, pronunciarlo, o lo que es lo mismo, escribirlo, sacarlo a la luz se convirtiera en un acto imposible de realizar.
De modo que ese acto, fuera lo que fuese, queda sepultado irremediablemente en las sombras, cubierto por capas y capas de barreras, de silencios. Y nosotros, como en el santuario Shintoista de Ise, sólo nos podemos quedar a las puertas, bordear los 5 cercos sagrados que protegen el recinto. Pegar inútiles saltitos para poder vislumbrar algo de lo que se oculta detrás, alcanzando a ver, como mucho, solo el brillo dorado de alguna viga de la cubierta. O quizá, con un poco de suerte, si permanecemos delante de la única puerta de acceso al recinto durante un tiempo, una brisa vendrá y alzará de improviso las cortinas que velan la entrada y vislumbraremos algo de lo que hay en su interior, para descubrir, con horror, que hay otro cercado y otra puerta, y que estamos a fuera. Irremediablemente a fuera.
La construcción de un recinto sagrado, es decir, de un santuario dedicado a un Dios consiste en un mecanismo de ocultamiento. El dios se presenta en algún sueño -la mayoría de las veces a un emperador- y dice estar cansando y tener hambre, entonces se le construye un santuario en el que el Dios pueda descansar y ser alimentado. Para que el Dios pueda ser albergado en un espacio consagrado es preciso delimitarlo, y al delimitarlo es necesario ocultarlo. Una vez se ha escogido el lugar, o el Dios se ha manifestado vagamente en él (se ha posado sobre una piedra, o se le ha visto al pie de un árbol) el lugar es cercado, en su modo más básico es rodeado con cuerdas, el método elaborado consiste en delimitar un terreno y vallarlo. Si se trata de un santuario edificado – cosa que no es obligatoria- se toma como base un pilar sagrado, un punto de origen, ese pilar es cubierto y oculto por una pequeña edificación, bajo cuyo techo se encontrará el Dios. Esta edificación, viene a ser como un cofre grande. Es decir, un espacio encerrado, sin luz, que protege en las sombras al Dios mientras descansa y se alimenta. A su vez, esta edificación se cercará una y otra vez, de manera que quede aislada y protegida al máximo posible de las miradas y de las intrusiones. Cuando digo cercar una y otra vez no me refiero a una valla que va caracoleando y envolviendo en espiral el recinto, no. Se trata de una valla cerrada. Y de otra a su vez que encierra a la anterior, y luego otra, y otra, y es posible que otra más. Es más, las puertas de dichos cercados estarán colocadas en la mayoría de los casos al tresbolillo de modo que para cruzar los diferentes recintos es necesario rodearlos.
Consagrar un espacio es un ejercicio no solo de delimitar, si no de ocultamiento.
Algo así, es lo que hacen en las novelas, al rededor de un acto (vergonzoso e indigno) se van construyendo estructuras que lo ocultan y velan, para que permanezca ahí, protegido, en la sombra perpetua.
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relacionada con esta de hace tiempo
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en los epigramas funerarios griegos el muerto suplica al paseante o extranjero que pronuncie su nombre, de este modo su memoria perdura y existe.
La necesidad de nombrar algo es lo que le otorga la existencia. Es el inicio de una historia (o memoria).
MobyDick, empieza con un “Call me Ishmael”.
El protagonista, existe en el momento en el que lo nombramos, y es en este pequeño hecho en el que empieza su historia.
para estas navidades me compré un libro digestivo. El título me pareció gracioso, tremendamente gracioso, tanto que casi se me escapó una carcajada en la librería.
Entonces llegué a casa y se lo enseñé a mi pareja, y apenas sonrió. Pensé que era un sieso.
Hasta que leí el título en voz alta.
Y es que yo había leído:
“El arte de abordar a su jefe en el servicio para pedirle un aumento”
pero en realidad había escrito:
“El arte de abordar a su jefe DE servicio para pedirle un aumento”
…
el libro igualmente tiene su coña…incluye un diagrama para seguir el método planteado
pero no es lo mismo…
María estaba convencida de que la casualidad de su vida le sucedería en el metro o en el autobús. No podía ser en el trabajo, porque sabía que de allí no podía salir nada bueno, ni tampoco podía ser en un parque o en una esquina porque el transporte público le ofrecía un servicio puerta a puerta perfecto que le impedía dar más de dos pasos seguidos en la calle. De su casa al trabajo, o a casa de sus padres, o a casa de alguna amiga, la ciudad desaparecía en una maraña de combinaciones de líneas de metro y de autobús. No iba de bares porque odiaba cómo el olor a tabaco le impregnaba la ropa; había substituido el cine por una pantalla plana de muchas pulgadas en su bonito salón y no tenía ningún perro al que pasear. Así que si alguna vez le tenía que suceder algo tendría que ser sin duda alguna en un autobús o en un vagón de metro, o en su defecto, en los pasillos y escaleras de éste. Por ello procuraba ir vestida siempre para la ocasión. Tampoco es que se arreglara excesivamente, pero estaba claro que si sucedía algún día un apagón y se quedaban todos atrapados y un bombero musculoso la sacaba en brazos de la oscuridad espesa de un tunel, pues que menos que estar bien depilada y lucir un buen escote. La idea de que la atacaran para robarle o para agredirla sexualmente y que alguien saliera en su rescate no le entusiasmaba demasiado, y prefería evitar ese tipo de fantasías mientras estaba sentada en un vagón estudiando los rostros de los hombres que viajaban con ella. Cualquiera podía ser un héroe en potencia o un caballero. Sólo era necesaria la situación adecuada. Sí, efectivamente. Cuando María se refería, como a ella le gustaba decir, a la casualidad de su vida, estaba hablando de enamorarse y de que se enamoraran de ella. Un flechazo, propiamente hablando. Hay que reconocer que María consumía demasiada ficción hollywodiense y eso ayudaba a edulcorar hasta la diabetes sus fantasías sub-urbanas. Nunca pasaba nada. Nada realmente digno de mención. Nadie le sujetó las puertas para que pudiera acceder en el último momento en el vagón de metro, ningún hombre maduro le había ofrecido su asiento en el autobús con una sonrisa, ningún revisor había reparado en el perfil perfecto de sus tobillos. Nada. Pero ella seguía esperando.
El día que un convoy de la línea L5 arrolló a María, tanto su familia como amigos coincidieron en la suposición de que harta de esperar esa gran casualidad, había decidido poner fin a su vida de un modo dramático (casi peliculero) tirándose a la vía del tren. “Siempre tuvo demasiados pájaros en la cabeza” opinó su madre mientras se recolocaba el dobladillo de la falda el día del funeral. Lo que ninguno de ellos supo, es que las cámaras de seguridad del metro captaron ese día a una María difusa que se paseaba por el borde del andén coqueta, intentando llamar la atención de un hombre apuesto. Casualidades de la vida, se le rompió el tacón de un zapato y María se cayó al vacío en el mismo momento en que el hombre miraba para otro lado. Casualidad fue también que en aquel instante le picara la pierna al conductor del tren, que no vio como una María aturdida hacía un gesto patoso de socorro al ver llegar el tren a la estación. Y coincidencia fue también que nadie escuchara su grito de desesperación porque en aquel momento el sistema de megafonía se puso en marcha con un estruendo para invitar a los usuarios a que participaran en un concurso de relatos.
yo sé que no le interesa a nadie pero últimamente me preguntaba a que venía esa vena rara de publicar toda la obra de Natsume Soseki. Ayer lo comprendí.
De Natsume Soseki en su momento se podía conseguir “Yo, El Gato”, ahora está desesperadamente agotado. Esperemos que Trotta se decida a sacar una segunda edición.
También “Almohada de hierba” por la editorial Kaicron. Una curiosidad de novelita, nombrada por Tanizaki en su Elogio de la Sombra.
La editorial Miraguano sacó “Mon (La Puerta)”. Es una edición de 1991, pero se la puede localizar en las estanterías de La Central.
De Gredos tenemos “Kokoro”. Esa palabra que en japonés sirve tanto para nombrar el corazón como la mete.
Impedimenta publicó el año pasado “Botchan”, que también tiene versión en catalán (creo que Edicions62 o Proa) y que fue Premi Llibreter del 2008. Este mismo año acaba de publicar también Impedimenta “Sanshiro”.
Es raro, es raro que de repente les haya dado por publicar (o recuperar) a un autor japonés que murió en 1916. Pero todo tiene su explicación, y es la cintita que envuelve el volumen de Sanshiro y aparte de decir en un tono surrealista “La nueva novela del autor de Botchan” incluye debajo la siguiente cita:
“Natsume Söseki es uno de mis autores de cabecera y el padre de la nueva literatura japonesa” Haruki Murakami.
Ahí está la explicación de todo.
Haruki Murakami dixit.
Que editores más suspicaces.
por cierto, he encontrado un artículo muy interesante-> aquí





