me pide que le saque yo los libros de la biblioteca, porque tengo trato especial por ser profe.
Así, en lugar de disponer de un libro por 10 días…los puede tener 2 meses.
es preverso.
Archivado en: la familia y otros animales
la carrera académica del niño es más bien errática. Y no es por sus errores, es por sus abundantes cambios de dirección.
A grandes trazos la cosa fue tal que así:
-Repetir ESO
-Módulo de Mecánica
-Bachillerato Científico tecnológico
-2 años de Filosofía en la UB
-Módulo de informática
-y ahora Ingeniería Informática
Mi hermano nunca fue, ni es tonto. Ni mucho menos. Un poco vago, más bien dejado, no se esfuerza lo suficiente. Eran las palabras que argumentaban sus profesores del colegio y de la ESO con una media sonrisa intentando ser reconfortantes. Pero al enfant terrible no le salía de los cojones estudiar.
No sé si fue la perseverancia de mi madre. O una chispa de sentido común en mi propio hermano. El hecho es que al final, siempre volvía a la carga y a sentarse detrás de un pupitre.
Con el tiempo, ha resultado ser mucho más organizado que su hermana, mucho más aplicado, y bastante más chulo- eso sí.
El hecho es que acabó el módulo de informática. O mejor dicho. Ciclo de grado superior.
Sus notas fueron fantásticas y geniales. Mi madre dijo algo tal que así:
-No veía tantos dieces desde que tú ibas al instituto.
Y yo pensaba, no me extraña que mi hermano estuviera hasta los cojones y quisiera salir de ese instituto por patas, porque ese comentario se parecía al de todos los profesores que antes de tener a mi hermano como alumno me tuvieron a mí: “Ah! tú eres hermano de Celia! Es una de nuestras mejores estudiantes.”
Lo que no le decían al muchacho, y bien se lo callaban, es que era una de las más terribles, de las más malcaradas, que no hacía ni caso a lo que estuvieran explicando en clase, que era de las que se sentaban al final y leían comics, llegaba tarde, me expulsaban alguna que otra vez al pasillo, y que mi guerra abierta contra el profesor de Educación Física me había hecho sentarme más de una vez delante de mi tutora que me soltaba esa frasecita de: “Celia…qué vamos a hacer contigo. Todos los profesores dicen que te aburres.”
El caso es que mi hermano ha resultado ser un crack. Y que este año ha arrasado.
Lo que no nos podíamos imaginar es que ese arrasamiento fuera tan…tan…general.
Antes de vacaciones llamaron a casa de mis padres. Era del Ayuntamiento. Que el niño ha sacado la nota más alta de todos los módulos de grado superior de la ciudad (63.516 habitantes según los datos del censso a 1 de Enero del 2010) y que por eso el ayuntamiento, el alcalde y Punset le van a hacer entrega de un diploma y una medallita. Será durante la ceremonia de inauguración del curso que se celebra cada año antes de que comiencen las clases.
Me voy a hacer una camiseta que ponga “Proud Sister”.
apareció un día antes de comer. No sabemos si fue una calentura temporal, fruto de las cervezas, la falta de sueño y las altas temperaturas, o el gusto de mi tío siempre fue así. El hecho es que salido de la nada- bueno, concretamente salió de detrás del contenedor de la basura de nuestro barrio- y aquel cuadro horrendo se instaló en nuestra terraza.
El engendro medía cerca de dos metros de ancho por uno y medio de alto. El marco era de madera ligeramente labrada. El lienzo no era propiamente un lienzo, estaba más cerca de la moqueta que del tapiz. El cuadro en sí representaba una escena forestal, en el centro absoluto de la composición un ciervo, con su cornamenta, erguido miraba al espectador medio bizqueando. El ciervo en cuestión tenía tintes de becerro y era más bien algo rechoncho y paticorto. Aún así era mucho más señorial e imponente que los otros cervatillos que pastaban a sus pies, que estos sí, parecían más bien ovejas, y merinas para más señas. Este efecto ovejil de los cérvidos no sabemos si era debido a la textura lanosa mugrienta del material en el que estaban ejecutados o a la pericia artística del diseñador. Al fondo, detrás del ciervo-becerro, un paisaje suave, con sus lomas y colinas, sus conejos, ardillas y roedores varios, sus agrupaciones pintorescas de árboles y su sol poniéndose o amaneciéndose acababa de completar la composición. El cromatismo de la obra era digno de un daltónico, el cielo era rojo, el ciervo verdoso – no se sabe si era la intención original de diseñador o bien era fruto de la mugre y el moho-los árboles rosas, los conejos amarillos…
A medio camino entre la cultura kistch de los salones españoles de los años cincuenta -con papel pintado en las paredes- y la cultura pop. Era en sí todo un símbolo de la decoración patria.
-De dónde cóño ha salido esto?
fue la frase más pronunciada la tarde de su aparición. Mi tío comentó que era muy chulo, y que daba lástima que lo hubieran tirado. Así que lo había traído…
-Para qué?
-Bueno, para que no lo tiren.
-Y qué vas a hacer con él?
-Bueno, yo nada, porque soy un invitado y no tengo casa. Pero a lo mejor alguien quiere colgarlo en la suya.
A parte de feo…su medidas hacían físicamente imposible que aquello se colgara en el comedor de nadie – y mucho menos en el mío. De hecho nos preguntábamos de qué casa del pueblo podría haber salido semejante mamotreto, porque tenía pinta de tener sus años -vamos que ese estilo de cuadros hace como 30 años que sólo son típicos de las casas de las abuelas (de hecho la mía tiene en su comedor una escena de caza pintada al óleo que me producía pesadillas de niña) y no de las de nueva construcción- y las casas viejas del pueblo acostumbran a tener puertecitas de juguete de las que salen abuelitas de pinypon y abuelitos encorvados a fuerza de agacharse para pasar por la puerta de casa. Si alguien había tenido eso colgado en su casa, debía ocuparle una pared entera, del techo al suelo. Y si tenía eso decorando su recibidor o su sala de estar, no quiero pensar en el tamaño del cristo crucificado que debía tener en el dormitorio -y sobre la cama.
En ese momento, nadie de la familía quería eso en su casa, y por supuesto yo no lo quería en mi trozo de terraza.
La única que parecía entusiasmada con la idea era la abuela, que lo encontró muy “bonico” y preguntó en que sitio lo íbamos a colgar.
-En tu cuarto abuela, que lo tienes muy desangelao.
-Ay madre mía purísima, en mi cuarto no, niña….eso mejor en otro sitio, donde lo pueda ver más la gente.
Está claro, el arte, cuando es grande -y en este caso lo era- es mejor que sea visto por el máximo de gente posible.
Propuse hacer una performance. Lo grabaríamos en video y todo. Nos liaríamos a martillazos con él, lo pisaríamos, lo arrastraríamos por el camino y por la grava. Sería la representación ideal de “La destrucción del arte en la época de su reproducción mecánica”. Los niños que no tenían ni puta idea de lo que les estaba hablando pero la palabra “martillo” les parecía fascinante dijeron: Sí! Sí! Sí!.
Como todos los planes de verano, se quedó en eso. Un plan. Y el cuadro de los cojones se pasó una semana apoyado en la misma pared. Detrás del tendedero de la ropa. Al lado de la bicicleta de mi hermano. Los que más lo disfrutaron fueron los gatos que se afilaban las uñas en él y se echaban a dormir a la sombra.
Pasó lo que tenía que pasar y mi madre llegó al pueblo y dijo aquello de:
-Qué coño es esta mierda?
-Tu hermano, el experto en arte, decidió que era necesario salvarlo de la destrucción, y lo tenemos aquí, a la espera de acondicionar correctamente una sala para su adecuada visualización.
No le hizo ninguna gracia. Tampoco la propuesta de performance. Y dijo que quería eso fuera de su terraza lo antes posible, que seguro que estaba lleno de pulgas, y que era horrible:
-Mira esa cabra montesa con cuernos, parece un ciervo!
Tampoco le hicimos mucho caso a mi madre, y justo en el momento en que nos giramos y dejamos de ver el cuadro-moqueta nos olvidamos de que existía y de que teníamos que devolverlo a su lugar de origen-o mejor dicho de encuentro.
A la mañana siguiente mi madre se quejó de que alguien había estado debajo de su ventana por la noche. Que había escuchado ruidos y dos personas hablar. Que cómo eran las 4 de la madrugada solo podía ser mi tía, que no se acuesta hasta que sale el sol, acompañada de David que volvía a tener el horario trastocado – como la adolescencia. Pero que vete a saber qué coño estaban haciendo a esas horas debajo de su ventana.
La respuesta fue sencilla:
-Estuvimos llevándonos el cuadro.
Mi madre se giró y observó con asombro y alegría que aquello ya no estaba. No había ningún otro momento mejor en el día que las 4 de la madrugada para deshacerse del becerro cornudo y su camada de borreguillos. De hecho, si mi madre no hubiese llegado de vacaciones esa semana, a día de hoy, seguro que el trasto seguiría en la terraza, como si nada.
Y la escena por lo que dicen fue tal que así:
-Pusimos el cuadro encima de la mesa. Ya que teníamos que ir al contenedor de la basura aprovechamos para tirar el resto de bolsas, así que las pusimos encima del cuadro, como si fuera una bandeja (escribiré un libro que se titulará “Sobre la utilidad del arte para el reciclaje de residuos”) y luego la tita detrás y yo delante cruzamos toda la terraza con el cuadro hasta la esquina (mi tía iría con su eterno ducados en la boca, colgandole 2 centímetros de ceniza en perfecto equilibrio). Entonces nos dimos cuenta de que no podíamos salir, porque el cuadro es muy grande, y el paso que hay entre la pared y la verja es estrecho (esto confirma las especulaciones de parte de la familia de que ese cuadro había aparecido un día allí de repente, y de que no podía haber llegado de otra manera que por la materialización instantánea). Así que tuvimos que volvernos, y dejar de nuevo el cuadro encima de la mesa. No nos quedó más remedio que hacer dos viajes, una para el cuadro y otra para las bolsas de basura.
Lo mejor de todo es que cuando volvieron a tirar las bolsas de basura, el cuadro había desaparecido.
Algún sonámbulo con la misma sensibilidad artística de mi tío había decidido que merecía ser salvado.
A día de hoy, el destino incierto del cuadro es algo que nos asalta de vez en cuando.
Se habrá convertido en una leyenda rural. Aparecerá los días de luna llena a la vera del contenedor de la basura. Los ojos bizcos del ciervo, atraerán al incauto diletante rural, como las sirenas embaucaban a los marinos, y éste se lo llevará a su casa. Y con la luz del nuevo día, aparecerá como compañero extraño de almohada una mañana de resaca. Feo y amorfo.
El sapo se le escapó a María. Fue confiada, y no tapó con el plastico agujereado el cubo acondicionado con piedras que habíamos preparado. Subestimó la capacidad del bicho. Se dio a la fuga mientras repasaba ejercicios de inglés con David. Ah, sí. David. Al final la profesora venida especialmente para hacer repaso durante el verano resulté ser yo. Nos pasamos toda la tarde repasando inglés, algo de teoría y algo de ejercicios. Los libros en andalucía son de préstamo, no se compran. Pasan de alumno a alumno. Pero a su profesora se le fue el santo al cielo, y le pidieron a David que devolviera los suyos cuando acabó el curso…el pobre ni se atrevió a quejarse ni a comentarle que poco podría estudiar este verano sin libros.
Durante el rato de estudio Juan estuvo todo el rato sentado con nosotros. Siguiendo su tónica, es dedicó a responder por David siempre que pudo y a recordarle que cómo era posible que no supiera estas cosas. David soportó el rato estoicamente, pero se llevó su venganza cuando Juan pidió que yo también le ayudara a él a hacer sus deberes. Las había aprobado todas con muy buenas notas, pero le había quedado matemáticas. Trajo su cuadernillo de ejercicios y estuvimos repasando un rato. Había divisiones de muchos números en los que directamente estaba puesto el resultado.
-Es que he usado calculadora.
-Se supone que tienes que hacerlo tú.
-Pero es que mi profesora me deja utilizar la calculadora.
-Pues ya ves que gracia tiene, tienes que hacer tú todo el cálculo.
-Vaya rollo, así no voy a acabar nunca.
A David se le dan bien las matemáticas. Él se encargó de explicarle las diferencias entre el máximo común divisor y el mínimo común múltiple. Pero Juyan no le hizo ni el menor caso porque aseguraba que su profesora se lo había explicado de otra manera.
Esa noche me preguntaron a donde iríamos al día siguiente. Dependiendo del tiempo bajaríamos a las viñas. Pero al día siguiente hacía un calor terrible. El sol caía a plomo desde las 10 de la mañana y decidí quedarme en casa.
Los niños fueron saliendo de la cama relativamente temprano, pero excepto Laura que se hizo la remolona (su mariposa murió de madrugada) todos estaban despiertos antes de las 11. Yo estaba en biquini regandome con la manguera para pasar el rato y el calor. María me imitó y se puso el suyo. David iba con los pantalones del pijama. Juan llevaba dos semanas en el pueblo y seguía estando blanco como la leche o más. Lo único que le había cogido color era el cogote. Se quemó buscando ranas.
Aproveché para regar la terraza y refrescar un poco el ambiente. Los tres niños me miraban sentados, como gatos en un tejado. Con esa curiosidad de no estar seguros de lo que esta haciendo el otro. En un despiste -de ellos- los regué y salieron dando gritos. Seguí con el resto de la terraza. Me di cuenta de que aprovechando que estaba liada habían cogido un par de cubos de agua y los tenían preparados a su lado, a la espera de que me acercara a acabar de regarlo todo y vengarse sorpresivamente. Me fui acercando sin prisa a su lado y ellos me miraban más y más haciendose señales los unos a los otros. Cuando estaba a un metro de ellos les sonreí y me di la vuelta, volví a regar lo regado y cerré el agua para sentarme en los escalones de mi casa.
-Así es como riegas tú? No has acabado de limpiar la terraza, queda toda esta parte – dijo David decepcionado.
-Ese es vuestro lado, os encargais vosotros.
Con la decepción todavía encima empezaron a regar su parte y a jugar entre ellos. Me sorprendió descubrir sus reglas de juego.Hacían una especie de guerra de agua. Pero como sólo tenían una manguera se turnaban. 10 minutos unos, 10 minutos los otros. El que no tenía manguera tenía que buscarse la vida con cubos de agua o botellas.
Al cabo de un rato tenía a María en la puerta de mi casa gritando como una posesa.
-Cabrones! sois dos contra una! así no se vale.
Los chicos se reían, con ese nerviosismo que da el juego. Medio histérico medio liberador.
Como es peligroso quedarse en tierra de nadie durante una guerra, acabé recibiendo un cubo de agua. David y Juan se miraron el uno al otro, no sabían si reirse o acojonarse. Yo no dije nada, me levanté como si tal cosa y me fui caminando en dirección contraria. Así que siguieron a lo suyo. Les pilló desprevenidos el hecho de que sin que se hubiesen dado cuenta yo hubiese vuelto a conectar la manguera de mi casa – muchísimo más larga que la suya- y me pusiera a hacer frente junto con María.
Estuvimos media hora larga cubo va cubo viene, manguerazo va manguerazo viene. Si había algún rosal seco lo espabilamos ese día.
La abuela estaba indignada porque no podía salir de casa. Los gatos rozaban el histerismo.
-Vaya, es una lástima que Laura no haya querido levantarse esta mañana temprano, se está perdiendo todo esto.
Juan tan suspicaz y punzante como siempre.
Al final nos cansamos. Y depusimos las armas. David todavía regó un rato más a Juan. Me imagino que lo debió hacer en “present continuous”. Laura acabó saliendo, y puso cara de: me he perdido algo? Aun así, iba vestida para la ocasión, con minifalda tejana y camisetita de tirantes.
Estuve un rato sentada en la mesa de la terraza estudiando. Abrí una Alhambra Especial 1925, una bolsa de patatas y una lata de anchoas en aceite. Me acordé del tipo de las oposiciones en el pantano y de mi novio perdido en su ritual atávico montañés. María se sentó a mi lado con su libro de Naturales y su libreta de ejercicios. Le saqué una lata de cocacola. Al cabo de rato Laura se puso a mi otro lado con un comic y estuvo leyendo un rato. Juan se sentó enfrente a mirar. María acabó sus deberes y se puso a dibujar pokemons. Juan le revolvía el estuche y le preguntaba que era cada cosa. Laura sacó toda su colección de lápices y rotuladores y también se puso a dibujar. Yo al final cerré el libro, le pedí papel a María y lápices a Laura y también acabé dibujando.
Empezaron a caer unas gotas de agua. No nos movimos de la terraza. La lluvia se hizo más fuerte, y las cuatro gotas se convirtieron en una tormenta de verano. Corrimos todos cada uno a su casa. El chaparrón no duró más de 10 minutos. De la tierra caliente recién mojada salía un olor dulzón a humedad.
Eran las dos de la tarde. Siempre comemos tarde. Miré el teléfono y tenía un mensaje: Ya hemos llegado al pueblo, nos estamos tomando unas tapas.
Tuve ganas de sumarme a la comitiva, pero sé que si 5 hombres han estado pasando la noche a 3000 metros de altura, subiendo y bajando piedras, con la única compañía de las cabras montesas, y de algún que otro guardia forestal, debía dejar que todo su ritual siguiera hasta que se acabara por si solo. Tampoco quería que mis tíos pensaran que me dedico a controlarle y que no le doy cuerda.
Avisé a mi tía de que ya estaban de vuelta, pero que no se fiara de esperarlos a comer, que estaban a Ca Simón. Suspiró y dijo: Bue-noooo….
Una hora más tarde recibí otro mensaje: Dios mío, vamos por la séptima ronda!
Aparecieron por casa que ya eran las 4 de la tarde. Las caras rojas y la sonrisa de oreja a oreja. Las mochilas ladeadas y las rodillas quemadas. Nunca había estado la sierra tan bonita.




