la turista un millón


En el cementerio de Granada
enero 7, 2011, 11:29 am
Archivado en: despedidas, granada

image

Tomándonos una manzanilla a la salud de don Enrique.



Sierra nevada
enero 4, 2011, 3:26 pm
Archivado en: granada, la familia y otros animales

image

Es imposible hacer fotos sin que te deslumbre la nieve.



Recuerdos de este verano IV
septiembre 1, 2010, 11:10 pm
Archivado en: arte occidental, granada, la familia y otros animales

apareció un día antes de comer. No sabemos si fue una calentura temporal, fruto de las cervezas, la falta de sueño y las altas temperaturas, o el gusto de mi tío siempre fue así. El hecho es que salido de la nada- bueno, concretamente salió de detrás del contenedor de la basura de nuestro barrio- y aquel cuadro horrendo se instaló en nuestra terraza.

El engendro medía cerca de dos metros de ancho por uno y medio de alto. El marco era de madera ligeramente labrada. El lienzo no era propiamente un lienzo, estaba más cerca de la moqueta que del tapiz. El cuadro en sí representaba una escena forestal, en el centro absoluto de la composición un ciervo, con su cornamenta, erguido miraba al espectador medio bizqueando. El ciervo en cuestión tenía tintes de becerro y era más bien algo rechoncho y paticorto. Aún así era mucho más señorial e imponente que los otros cervatillos que pastaban a sus pies, que estos sí, parecían más bien ovejas, y merinas para más señas. Este efecto ovejil de los cérvidos no sabemos si era debido a la textura lanosa mugrienta del material en el que estaban ejecutados o a la pericia artística del diseñador. Al fondo, detrás del ciervo-becerro, un paisaje suave, con sus lomas y colinas, sus conejos, ardillas y roedores varios, sus agrupaciones pintorescas de árboles y su sol poniéndose o amaneciéndose acababa de completar la composición. El cromatismo de la obra era digno de un daltónico, el cielo era rojo, el ciervo verdoso – no se sabe si era la intención original de diseñador o bien era fruto de la mugre y el moho-los árboles rosas, los conejos amarillos…

A medio camino entre la cultura kistch de los salones españoles de los años cincuenta -con papel pintado en las paredes- y la cultura pop. Era en sí todo un símbolo de la decoración patria.

-De dónde cóño ha salido esto?

fue la frase más pronunciada la tarde de su aparición. Mi tío comentó que era muy chulo, y que daba lástima que lo hubieran tirado. Así que lo había traído…

-Para qué?

-Bueno, para que no lo tiren.

-Y qué vas a hacer con él?

-Bueno, yo nada, porque soy un invitado y no tengo casa. Pero a lo mejor alguien quiere colgarlo en la suya.

A parte de feo…su medidas hacían físicamente imposible que aquello se colgara en el comedor de nadie – y mucho menos en el mío. De hecho nos preguntábamos de qué casa del pueblo podría haber salido semejante mamotreto, porque tenía pinta de tener sus años -vamos que ese estilo de cuadros hace como 30 años que sólo son típicos de las casas de las abuelas (de hecho la mía tiene en su comedor una escena de caza pintada al óleo que me producía pesadillas de niña) y no de las de nueva construcción- y las casas viejas del pueblo acostumbran a tener puertecitas de juguete de las que salen abuelitas de pinypon y abuelitos encorvados a fuerza de agacharse para pasar por la puerta de casa. Si alguien había tenido eso colgado en su casa, debía ocuparle una pared entera, del techo al suelo. Y si tenía eso decorando su recibidor o su sala de estar, no quiero pensar en el tamaño del cristo crucificado que debía tener en el dormitorio -y sobre la cama.

En ese momento, nadie de la familía quería eso en su casa, y por supuesto yo no lo quería en mi trozo de terraza.

La única que parecía entusiasmada con la idea era la abuela, que lo encontró muy “bonico” y preguntó en que sitio lo íbamos a colgar.

-En tu cuarto abuela, que lo tienes muy desangelao.

-Ay madre mía purísima, en mi cuarto no, niña….eso mejor en otro sitio, donde lo pueda ver más la gente.

Está claro, el arte, cuando es grande -y en este caso lo era- es mejor que sea visto por el máximo de gente posible.

Propuse hacer una performance. Lo grabaríamos en video y todo. Nos liaríamos a martillazos con él, lo pisaríamos, lo arrastraríamos por el camino y por la grava. Sería la representación ideal de “La destrucción del arte en la época de su reproducción mecánica”. Los niños que no tenían ni puta idea de lo que les estaba hablando pero la palabra “martillo” les parecía fascinante dijeron: Sí! Sí! Sí!.

Como todos los planes de verano, se quedó en eso. Un plan. Y el cuadro de los cojones se pasó una semana apoyado en la misma pared. Detrás del tendedero de la ropa. Al lado de la bicicleta de mi hermano. Los que más lo disfrutaron fueron los gatos que se afilaban las uñas en él y se echaban a dormir a la sombra.

Pasó lo que tenía que pasar y mi madre llegó al pueblo y dijo aquello de:

-Qué coño es esta mierda?

-Tu hermano, el experto en arte, decidió que era necesario salvarlo de la destrucción, y lo tenemos aquí, a la espera de acondicionar correctamente una sala para su adecuada visualización.

No le hizo ninguna gracia. Tampoco la propuesta de performance. Y dijo que quería eso fuera de su terraza lo antes posible, que seguro que estaba lleno de pulgas, y que era horrible:

-Mira esa cabra montesa con cuernos, parece un ciervo!

Tampoco le hicimos mucho caso a mi madre, y justo en el momento en que nos giramos y dejamos de ver el cuadro-moqueta nos olvidamos de que existía y de que teníamos que devolverlo a su lugar de origen-o mejor dicho de encuentro.

A la mañana siguiente mi madre se quejó de que alguien había estado debajo de su ventana por la noche. Que había escuchado ruidos y dos personas hablar. Que cómo eran las 4 de la madrugada solo podía ser mi tía, que no se acuesta hasta que sale el sol, acompañada de David que volvía a tener el horario trastocado – como la adolescencia. Pero que vete a saber qué coño estaban haciendo a esas horas debajo de su ventana.

La respuesta fue sencilla:

-Estuvimos llevándonos el cuadro.

Mi madre se giró y observó con asombro y alegría que aquello ya no estaba. No había ningún otro momento mejor en el día que las 4 de la madrugada para deshacerse del becerro cornudo y su camada de borreguillos. De hecho, si mi madre no hubiese llegado de vacaciones esa semana, a día de hoy, seguro que el trasto seguiría en la terraza, como si nada.

Y la escena por lo que dicen fue tal que así:

-Pusimos el cuadro encima de la mesa. Ya que teníamos que ir al contenedor de la basura aprovechamos para tirar el resto de bolsas, así que las pusimos encima del cuadro, como si fuera una bandeja (escribiré un libro que se titulará “Sobre la utilidad del arte para el reciclaje de residuos”) y luego la tita detrás y yo delante cruzamos toda la terraza con el cuadro hasta la esquina (mi tía iría con su eterno ducados en la boca, colgandole 2 centímetros de ceniza en perfecto equilibrio). Entonces nos dimos cuenta de que no podíamos salir, porque el cuadro es muy grande, y el paso que hay entre la pared y la verja es estrecho (esto confirma las especulaciones de parte de la familia de que ese cuadro había aparecido un día allí de repente, y de que no podía haber llegado de otra manera que por la materialización instantánea). Así que tuvimos que volvernos, y dejar de nuevo el cuadro encima de la mesa. No nos quedó más remedio que hacer dos viajes, una para el cuadro y otra para las bolsas de basura.

Lo mejor de todo es que cuando volvieron a tirar las bolsas de basura, el cuadro había desaparecido.

Algún sonámbulo con la misma sensibilidad artística de mi tío había decidido que merecía ser salvado.

A día de hoy, el destino incierto del cuadro es algo que nos asalta de vez en cuando.

Se habrá convertido en una leyenda rural. Aparecerá los días de luna llena a la vera del contenedor de la basura. Los ojos bizcos del ciervo, atraerán al incauto diletante rural, como las sirenas embaucaban a los marinos, y éste se lo llevará a su casa. Y con la luz del nuevo día, aparecerá como compañero extraño de almohada una mañana de resaca. Feo y amorfo.



recuerdos de este verano III
agosto 28, 2010, 7:06 pm
Archivado en: granada, la familia y otros animales

El sapo se le escapó a María. Fue confiada, y no tapó con el plastico agujereado el cubo acondicionado con piedras que habíamos preparado. Subestimó la capacidad del bicho. Se dio a la fuga mientras repasaba ejercicios de inglés con David. Ah, sí. David. Al final la profesora venida especialmente para hacer repaso durante el verano resulté ser yo. Nos pasamos toda la tarde repasando inglés, algo de teoría y algo de ejercicios. Los libros en andalucía son de préstamo, no se compran. Pasan de alumno a alumno. Pero a su profesora se le fue el santo al cielo, y le pidieron a David que devolviera los suyos cuando acabó el curso…el pobre ni se atrevió a quejarse ni a comentarle que poco podría estudiar este verano sin libros.

Durante el rato de estudio Juan estuvo todo el rato sentado con nosotros. Siguiendo su tónica, es dedicó a responder por David siempre que pudo y a recordarle que cómo era posible que no supiera estas cosas. David soportó el rato estoicamente, pero se llevó su venganza cuando Juan pidió que yo también le ayudara a él a hacer sus deberes. Las había aprobado todas con muy buenas notas, pero le había quedado matemáticas. Trajo su cuadernillo de ejercicios y estuvimos repasando un rato. Había divisiones de muchos números en los que directamente estaba puesto el resultado.

-Es que he usado calculadora.

-Se supone que tienes que hacerlo tú.

-Pero es que mi profesora me deja utilizar la calculadora.

-Pues ya ves que gracia tiene, tienes que hacer tú todo el cálculo.

-Vaya rollo, así no voy a acabar nunca.

A David se le dan bien las matemáticas. Él se encargó de explicarle las diferencias entre el máximo común divisor y el mínimo común múltiple. Pero Juyan no le hizo ni el menor caso porque aseguraba que su profesora se lo había explicado de otra manera.

Esa noche me preguntaron a donde iríamos al día siguiente. Dependiendo del tiempo bajaríamos a las viñas. Pero al día siguiente hacía un calor terrible. El sol caía a plomo desde las 10 de la mañana y decidí quedarme en casa.

Los niños fueron saliendo de la cama relativamente temprano, pero excepto Laura que se hizo la remolona (su mariposa murió de madrugada) todos estaban despiertos antes de las 11. Yo estaba en biquini regandome con la manguera para pasar el rato y el calor. María me imitó y se puso el suyo. David iba con los pantalones del pijama. Juan llevaba dos semanas en el pueblo y seguía estando blanco como la leche o más. Lo único que le había cogido color era el cogote. Se quemó buscando ranas.

Aproveché para regar la terraza y refrescar un poco el ambiente. Los tres niños me miraban sentados, como gatos en un tejado. Con esa curiosidad de no estar seguros de lo que esta haciendo el otro. En un despiste -de ellos- los regué y salieron dando gritos. Seguí con el resto de la terraza. Me di cuenta de que aprovechando que estaba liada habían cogido un par de cubos de agua y los tenían preparados a su lado, a la espera de que me acercara a acabar de regarlo todo y vengarse sorpresivamente. Me fui acercando sin prisa a su lado y ellos me miraban más y más haciendose señales los unos a los otros. Cuando estaba a un metro de ellos les sonreí y me di la vuelta, volví a regar lo regado y cerré el agua para sentarme en los escalones de mi casa.

-Así es como riegas tú? No has acabado de limpiar la terraza, queda toda esta parte – dijo David decepcionado.

-Ese es vuestro lado, os encargais vosotros.

Con la decepción todavía encima empezaron a regar su parte y a jugar entre ellos. Me sorprendió descubrir sus reglas de juego.Hacían una especie de guerra de agua. Pero como sólo tenían una manguera se turnaban. 10 minutos unos, 10 minutos los otros. El que no tenía manguera tenía que buscarse la vida con cubos de agua o botellas.

Al cabo de un rato tenía a María en la puerta de mi casa gritando como una posesa.

-Cabrones! sois dos contra una! así no se vale.

Los chicos se reían, con ese nerviosismo que da el juego. Medio histérico medio liberador.

Como es peligroso quedarse en tierra de nadie durante una guerra, acabé recibiendo un cubo de agua. David y Juan se miraron el uno al otro, no sabían si reirse o acojonarse. Yo no dije nada, me levanté como si tal cosa y me fui caminando en dirección contraria. Así que siguieron a lo suyo. Les pilló desprevenidos el hecho de que sin que se hubiesen dado cuenta yo hubiese vuelto a conectar la manguera de mi casa – muchísimo más larga que la suya- y me pusiera a hacer frente junto con María.

Estuvimos media hora larga cubo va cubo viene, manguerazo va manguerazo viene. Si había algún rosal seco lo espabilamos ese día.

La abuela estaba indignada porque no podía salir de casa. Los gatos rozaban el histerismo.

-Vaya, es una lástima que Laura no haya querido levantarse esta mañana temprano, se está perdiendo todo esto.

Juan tan suspicaz y punzante como siempre.

Al final nos cansamos. Y depusimos las armas. David todavía regó un rato más a Juan. Me imagino que lo debió hacer en “present continuous”. Laura acabó saliendo, y puso cara de: me he perdido algo? Aun así, iba vestida para la ocasión, con minifalda tejana y camisetita de tirantes.

Estuve un rato sentada en la mesa de la terraza estudiando. Abrí una Alhambra Especial 1925, una bolsa de patatas y una lata de anchoas en aceite. Me acordé del tipo de las oposiciones en el pantano y de mi novio perdido en su ritual atávico montañés. María se sentó a mi lado con su libro de Naturales y su libreta de ejercicios. Le saqué una lata de cocacola. Al cabo de rato Laura se puso a mi otro lado con un comic y estuvo leyendo un rato. Juan se sentó enfrente a mirar. María acabó sus deberes y se puso a dibujar pokemons. Juan le revolvía el estuche y le preguntaba que era cada cosa. Laura sacó toda su colección de lápices y rotuladores y también se puso a dibujar. Yo al final cerré el libro, le pedí papel a María y lápices a Laura y también acabé dibujando.

Empezaron a caer unas gotas de agua. No nos movimos de la terraza. La lluvia se hizo más fuerte, y las cuatro gotas se convirtieron en una tormenta de verano. Corrimos todos cada uno a su casa. El chaparrón no duró más de 10 minutos. De la tierra caliente recién mojada salía un olor dulzón a humedad.

Eran las dos de la tarde. Siempre comemos tarde. Miré el teléfono y tenía un mensaje: Ya hemos llegado al pueblo, nos estamos tomando unas tapas.

Tuve ganas de sumarme a la comitiva, pero sé que si 5 hombres han estado pasando la noche a 3000 metros de altura, subiendo y bajando piedras, con la única compañía de las cabras montesas, y de algún que otro guardia forestal, debía dejar que todo su ritual siguiera hasta que se acabara por si solo. Tampoco quería que mis tíos pensaran que me dedico a controlarle y que no le doy cuerda.

Avisé a mi tía de que ya estaban de vuelta, pero que no se fiara de esperarlos a comer, que estaban a Ca Simón. Suspiró y dijo: Bue-noooo….

Una hora más tarde recibí otro mensaje: Dios mío, vamos por la séptima ronda!

Aparecieron por casa que ya eran las 4 de la tarde. Las caras rojas y la sonrisa de oreja a oreja. Las mochilas ladeadas y las rodillas quemadas. Nunca había estado la sierra tan bonita.

barranco del Alhorí



recuerdos de este verano IIbis
agosto 28, 2010, 11:49 am
Archivado en: granada, la familia y otros animales

tardamos casi dos horas en darle la vuelta a todo el pantano. Toda rana a la fresca de la arena había sido incordiada y obligada a saltar al agua para huir de la caza. Claro que con el ruido que hacían los tres los escuchaban llegar con bastante margen.

A la altura de los bancos y mesas para comer nos encontramos a una extraña pareja. Bueno, dos extrañas parejas. La primera estaba compuesta por un hombre y una mujer. Estaban sentados en una mesa de madera, y ocupando toda la superficie de la mesa no había ni comida, ni bebida alguna. Solo libros y apuntes. Y el hombre enfrascado en su lectura y en subrayar cosas. Parecía que se estuviera preparando para opositar. Me recordó el kilo de libros que había traído cargado en la maleta y que debía atacar tarde o temprano. La otra extraña pareja estaba compuesta por dos cánidos, un pastor alemán y un perro de escotex, mejor dicho un golden retriever como apostilló Laura. Laura es grande clasificando cosas, se sabe los nombres de todos los pokemon y de todas las razas de perros. A eso ha colaborado bastante la nintendo DS por lo visto.

Los perros vinieron corriendo a nuestro encuentro. Como si fueran niños aburridos en un parque desesperados por tener nuevos amigos. Sus meneos de colas y saltos sonaban a: quieres jugar conmigo? quieres jugar conmigo?. A mi me quitaron la botella de plástico vacía que llevaba en las manos, esa que me habían dado para que custodirara mientras no aparecía ninguna rana. Se la llevó el pastor alemán en la boca, y estaba encantado del ruido crugiente que le hacía entre los dientes. La mujer ayudó a recuperar la botella, ante el asombro y expresión de desconcertado del perro. Laura estaba encantada con que el escotex se hubiera hecho amigo suyo, pero se quejaba de que le hubiera manchado los pantalones con las patazas llenas de barro. De hecho, con la energía que tenían los perros me extraña que no nos hubieran hecho rodar a todos por el suelo. Al final la mujer, les hizo llamar la atención para que nos dejaran y no se hicieran pesaditos. Para asombro de los tres niños, cogió varios palos gordos, llamó a los perros con un par de silbidos y lanzó los palos al agua. Los perros saltaron al agua sin pensárselo dos veces, salpicando, chapoteando y poniendo esa cara de: qué divertido! qué divertido! que ponen los perros cuando les tiras algo. Capturaron cada uno su palo y regresaron a  la orilla para devolvérselo a su dueña que los volvió a lanzar y se echaron de nuevo al agua. El hombre seguía enfrascado con sus papeles y libros.

Seguimos nuestro camino y todavía estuvimos un rato más mirando hacia atrás. Era refrescante ver a los perros echárse al agua con estruendo. Los niños hablaban de la conveniencia de tener un perro grande para irse de paseo, porque se podían hacer cosas divertidas. Cartucho, el perro morcilla de mi tío, era bastante reticente a salir de paseo con nadie, a no ser que andaras a cuatro patas, ladraras y estuvieras en celo. Es el perro promíscuo de la familia. Su mayor ligue fue un San Bernardo. Es todo un hito, tratándose Cartucho de un mil razas cercano al pekinés o terrier. Seguimos nuestro camino decía, y se detuvieron en cada junco, y en cada hierbajo de la orilla. Laura ya no salía del agua y se encargaba de hacer los reconocimientos en zonas más oscuras. Juan al final me hizo custodiarle sus zapatillas mugrietas y también se metió en el agua. María dejó las suyas en el suelo, a una distancia prudencial y también se metió en el agua. Los gritos y los descubrimientos se hicieron más constantes.

Estuve un rato sentada a la sombra controlándolos. Había traído un libro para leer un rato. Sólo uno, no era plan de parecerme al tipo de las oposiciones. Pero no lo llegué a sacar no fuera a ser que se me ahogara alguno mientras yo leía sobre el anarquismo en Barcelona.

Al final empezó a chispear, el cielo se había hecho más espeso sobre nuestras cabezas. Me dediqué a perseguirlos para que salieran del agua y se calzaran. Cuando ya había conseguido que María se pusiera sus zapatillas, Juan dijo que había encontrado un montón de ranas. Así que me volví a quedar con las zapatillas en las manos y los tres niños dentro del agua. Esperé otro rato más. Y volvieron a caer 4 gotas. Les recordé todo el trozo que teníamos hasta casa.

-Pero Celia, no nos podemos volver. No con las manos vacías. No hemos conseguido ni una mísera rana.

Laura había descubierto su vena exploradora más allá de las pantallas de su nintendo DS y se negaba a salir del agua. Yo tenía hambre, eran casi las dos de la tarde, y mi organismo exigía un par de cervezas y sus respectivas tapas de acompañamiento. El sol picaba. Me hubiese metido en el agua yo también pero Laura llevaba mis zapatillas.

Al final les apremié a volver y empecé a andar. Me giré al cabo del rato. Seguían en el mismo junco en el que les dejé. Continué hacia delante y llegué al muro del pantano. Me quedé allí sentada observándolos otro rato más, con toda la chicharra cayéndome encima. Era como la canción catalana: plou i fa sol. Pero llover llover no acababa de arrancar. Sólo de vez en cuando caían tres gotas más. Los niños habían avanzado unos 200 metros y volvían a estar detenidos en otro junco. Se escuchaban perfectamente sus gritos y sus conversaciones. Sus estrategias napoleónicas de batalla de Waterloo. Girando la cabeza podía ver también a los perros saltando al agua a coger sus palos.

Se escuchó un grito de júbilo y estiré el cuello para ver que pasaba. Habían capturado una rana.

-Celia Celia! tenemos una!!!

-Vale, ahora venga, que tenemos que volver

-No, no, que faltan las de la María y la Laura.

La rana tenía propiedad, como no. Era de Juan. Y de allí no se iban hasta que el resto no tuviera la suya. Les recordé que teníamos una hora de camino hasta casa y que ya eran las 2. Después, por la tarde, podrían volver al pantano, éste no se iba a mover de sitio, ni este día ni en lo que quedaba de agosto.

Juan caminaba con su botella de cocacola recortada entre las manos, y la parte de arriba puesta al revés, como si fuera un embudo, para que no se escapara. Dentro había una rana de menos de dos centímetros. Menuda captura.Iba inflado como un palomo, pero reconocía que él solo no hubiese podido nunca. La aproximación de Laura por el agua, y María pasándole la botella rápidamente habían sido los factores decisivos para la captura. Siguió llevando la botella de plástico en las manos como un obsipo ofreciendo el cáliz en una ceremonia hasta que se cansó, y entonces le ofreció a María si quería llevarla un ratito ya que ella también había colaborado. María se encogió de hombros y aceptó cargar con la botella.

Recibí un mensaje. Consulté el móvil: Ya hemos llegado a lo alto del picón. Estamos tomándonos unas cervecitas bien frías.

El camino se hizo largo. Sobre todo porque al haberle dado toda la vuelta al pantano teníamos que regresar cruzando los secanos y no había muchas sombras a las que acercarse. Después de un buen rato caminando empezamos a entrar en la zona de huertos y almendros, y el paisaje se hizo más agradable y fresco. A lado y lado del camino una ligera cama de agua circulaba por las acequias. En algún momento María vio una rana enorme, ante el asombro de Juan le devolvió su mini rana en su botella de plástico y saltó dentro de una acequia dando gritos y botes. Laura, como su hermana menor que era, se fue detrás de ella, pero desistió al momento atraida por algo mucho más sugerente que un batracio: una mariposa de alas blancas y negras grande como la palma de su mano. Estabamos a 20 minutos del pueblo, y en un abrir y cerrar de ojos María había capturado un sapo, para mayor humillación de Juan y Laura llevaba una mariposa herida en una espiga.

Entramos al pueblo por detrás de lo de Matamistos. Las niñas con una sonrisa de oreja a oreja. Juan rojo de rabia.




Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.