la turista un millón


comida
febrero 2, 2009, 1:09 pm
Archivado en: encuentros fortuitos

la otra noche, al llegar a su casa, vi que los del Lidl habían vuelto a sacar un cubo con desperdicios. Cosas caducadas o con el embase roto, fruta en mal estado y demás.

Es algo bastante habitual. Las chicas del Lidl sacan el carro, y un grupo de gente que lleva media hora esperando en la calle lo rodean y lo van vaciando progresivamente. Descartan lo salvable de lo que no se puede comer.

El otro día fue diferente.

El cubo estaba volcado. Y cinco personas a gatas iban rebuscando entre los restos. De uno sólo podía ver las piernas, el resto de cuerpo estaba dentro del cubo e iba sacando las cosas hacia atrás.

Era como en las películas, cuando se ve la imagen de un callejón con perros vagabundos volcando los cubos de basura rebuscando comida.

Lo que pasa es que no eran perros, eran personas.

Dos chicas magrebies que no debían tener más de 25 años, y unos hombres entre los 40 y los 60.

Aceleré el paso. No por miedo. Sino porque tenía la sensación de haber violado una escena íntima.



Penélope
septiembre 18, 2008, 5:36 pm
Archivado en: encuentros fortuitos

Los italianos (Estefano y Estefania) con los que coincidimos en la quinta del valle de Alijó nos lo explicaron.

En la estación de Pinhao se encontraron a una mujer mayor vestida de domingo. Arregladita como pa’ ir de boda. Con unos grandes pendientes y un vestido muy bonito. Algo pintada y con un recogido en el pelo elaborado.

Se sentó junto a ellos en un banco de la estación.

Les preguntó de dónde eran y cuanto tiempo iban a estar por la zona. Les preguntó muchas cosas. Y luego habló.

Su marido había muerto hacía unos años. Sus hijos eran todos mayores y se habían casado. Todos vivían lejos de casa. Unos en Porto, otros en Lisboa. Estaba sola. Y no tenía nada que hacer. En su casa se aburría.

Por eso salía todos los días a pasear hasta la estación. Allí siempre encontraba gente amable y simpática con la que charlar y pasar el rato.

Por eso se arreglaba y ponía guapa. Para causar buena impresión y que no la tomaran por una vieja loca.



coincidencias
septiembre 1, 2008, 12:31 am
Archivado en: encuentros fortuitos, narcisismos

imagino que cuando uno se va de vacaciones lo último que espera encontrarse es a un ex. Y mucho menos que dicho ex vaya acompañado de la susodicha por la que fuiste desterrada.

En estas ocasiones lo mejor es demostrar que ahora estás mucho mejor. Que no hay color. Y que la única que ha salido ganando con el cambio eres tú.

Así que me giro y miro hacia el fondo de la tasquilla donde se encuentra mi él preferido, y lo único que alcanzo a señalar es a un borrachín enganchado a un movil manteniendo una conferencia internacional para aclarar una duda de carácter etimológico-etílico acerca de la ley de igualdad de oportunidades metalinguísticas y si es lícito llamar nuero a la pareja de un hijo homosexual.

Carraspeo, y vuelvo a sonreir.

Ya no tiene remedio.

Me despido.

-No te vas a creer a quien me acabo de encontrar.

-Ni idea. Con quien hablabas?.

-Con XXXXXXXXXX.

-En serio?? No lo había reconocido. Está inmenso!

-Es un halago a su calidad personal?.

-No, es una referencia a su tonelage. Se ha engordado una barbaridad.

-Gracias.

-Por qué?

-Porque ahora me siento infinitamente mejor. Otra botella de vino?

-Claaaaro.



ordenando(me)
abril 10, 2008, 1:09 am
Archivado en: architecture, encuentros fortuitos, literaturas, narcisismos

me he hecho una lista



Rodolfo o el exotismo.
julio 31, 2007, 8:22 pm
Archivado en: encuentros fortuitos, extrarradio

Cuando yo iba a EGB teníamos un compañero de clase que había venido de Melilla. Era de las cosas más exóticas que se nos habían cruzado por nuestras vidas, no ya provincianas, sino meramente de extrarradio. Bueno, también estaba aquella chica que vino de Reus y vivía para asombro de todos en una casa en la playa, era rubia y menuda, apuntaba maneras de la que hoy conocemos como Scarlett Johanson, con esa boquita de labios redonditos, que nunca decía nada, y por no decir, casi no dijo que su padre era policía, o militar, o algo por el estilo…pero le daba miedo, estaba asustada, y un halo de misterio la envolvía, como si huyesen de algo. Pero yo hablaba del chico de Melilla.

Se llamaba creo recordar Carlos. Ni tan siquiera era magrebí, con lo cual su exotismo era ligeramente inferior a los de la clase de 3ºB. Pero al fin y al cabo, era nuestra excepción. Carlos era gracioso, simpático y un pervertido que se la meneaba en clase a la menor ocasión. A veces también cantaba canciones en árabe, para horror del medio nazi de nuestro profesor de inglés que lo hacía callar a la menor ocasión, sin entender lo fascinante que era para nosotros, ese chaval traído de allende los mares.

El grado de exotismo de Carlitos aumentó a mis ojos cuando nos explicó un día que entre los posibles animales de compañía que se podían tener al otro lado del Estrecho estaban los camaleones. Los camaleones!! Carlitos tenía un camaleón, o mejor dicho, utilizando un pretérito pluscuamperfecto, había tenído un camaleón. Yo siempre pensé que un camaleón debía tener un nombre algo así como Rodolfo. Porque los ojos de los camaleones parecen O y Rodolfo tiene muchas O, y yo que de pequeña ya me estilaba en la poesía visual, pues pensaba en que el camaleón de Carlitos, que seguramente no tendría ni nombre, no podría llamarse de otra manera que no fuese Rodolfo.

Carlitos nos explicó que era absolutamente cierto que los camaleones cambiaban de color dependiendo del lugar en el que estaban. Y que para ejemplo estaba el día en que murió Rodolfo. Rodolfo tenía frío, y por lo visto había sido atraído por el calentador del agua-en su momento esto me pareció rocambolesco, y no diré que no guardo la sospecha de que fue el propio Carlitos que hizo a Rodolfo descubridor de semejante invento- y allí dentro se había colocado. Carlitos explicaba que Rodolfo empezó a mudar su verde, para empezar a volverse terroso, y marrón, y más oscuro y oscuro.

Rodolfo reventó de estrés, o simplemente de calor, porque al igual que las polillas en España los Camaleones en Africa no pueden evitar caminar hacia la luz. Y como el hamster que T. metió una vez en el microondas, Rodolfo voló por los aires, en un rojo encendido tirando a anaranjado, para acabar flotando cual mojoncillo, en la pila del agua teniendo en esta ocasión un color negruzco carbón.

En fin, la chica de Reus que ahora sería como la Johanson se fue al año siguiente y a Carlitos no me lo he vuelto a cruzar por el Prat.




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