japanizeme


uno menos
Enero 13, 2008, 1:01 am
Guardado en: despedidas, literaturas

no soy yo de escribir necrológicas, a pesar del último medio año pasado de funeral en funeral.

pero acabo de leer que Ángel González ha muerto.

y eso es casi como quemar libros.

Yo sé que existo
porque tu me imaginas.
Soy alto porque tu me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita…

Muerte en el Olvido
Ángel González.



Anda con Dios
Noviembre 8, 2007, 9:50 pm
Guardado en: despedidas, extrarradio

No hacía frío, tengo la estúpida idea de relacionar los entierros con el frío. Así que cuando no paso frío en un entierro, tengo como una ligera decepción. Seguramente es culpa de la iglesia de mi pueblo. El de Granada. Dónde hace tanto frío, tanto en verano como en invierno, que las señoras tuvieron que pedir al cura que pusiera estufas en los meses de más frío. El estilo mudejar con estufas de butano y radiadores eléctricos es lo más.

Pero esto era el tanatorio del Prat, y ayer no hacía frío.

La Iaia Manuela se fue definitivamente. Pero antes congregó a un montón de gente para decir adiós.

La iaia Manuela, ni siquiera era de Granada, pues era más bien familia política, pero no obstante, había traído hasta allí toda una representación digna de la otra iglesia, la de radiadores y estufas eléctricas.

-Para morirse hay que estar vivo.

-Claro, sino no tiene gracia.

Se aprovechó para hacer repaso de la familia, los que estábamos y los que quedábamos. Y luego repaso de las nuevas obras del cementerio. Las nuevas obras del cementerio tienen unos 3 o 4 años. Pero aún así siguen dando para conversar….sobre todo cuando tienen a una experta con quien tratar el tema (o sea, yo).

-Dicen que los nichos a sol son más caros.

En la ceremonia un cura medio afónico balbuceó unas palabras, leyó la carta de San Pablo a los Corintios, y me sorprendí a mi misma al hacer inconscientemente la señal de la cruz y rezar un padre nuestro.

En qué momento de mi educación laica, sin haber hecho la comunion, ni siquiera estar bautizada, me aprendí esos gestos?

Luego impasivos y aguantando la respiración observamos los movimientos de los operarios levantando el ataud sobre el camión grua. La iaia Manuela era grande, y uno de los operarios era modelo familiar, cada vez que pulsaba el botón para que la plataforma subiera ésta lo hacía inclinada, y el ataud se desplazaba ligeramente. Se intentó subir la plataforma varias veces, y no hubo manera de que lo hiciera completamente horizontal. Me temía que en cualquier momento la Iaia Manuela rodaría hacia abajo, sobre los asistentes al funeral, cundiendo el pánico y el terror. El operario peso pluma se bajó, y el modelo familiar se desplazó para compensar peso. Pulsaron de nuevo el botón. El momento Gore-Berlanga no llegó a sucederse y todos pudimos respirar aliviados cuando la operación llegó a su fin.

-Ale, anda con Dios. Ya está la Manuela en su sitio.

Entonces, los técnicos empezaron a preguntar qué ramos iban también dentro del nicho. El de forma de corazón, la corona pequeñita, y ese otro con forma de cruz. Una mujer desde abajo iba dando instrucciones, y los señores en lo alto del camión grúa iban rebuscando entre los diferentes ramos y coronas aquellos que tenían que meter. Los mostraban a la estilista casual y entonces después de una confirmación con gestos y gritos de aceptación lo metían dentro del nicho.

Se terminó, definitivamente, el proceso, y fuimos caminando poco a poco (iba con mi madre y mi abuela) hasta la salida. Hubo una última apreciación más sobre las nuevas obras del cementerio y los árboles que han plantado:

-Mu bonico está todo, que lustroso y qué limpico.

Nos despedimos y nos repartimos en diferentes coches.

-Ale, andad con Dios, y que no nos volvamos a encontrar aquí.

Me sentí como el Sr. de Portorosa.



la rutina
Noviembre 3, 2007, 7:24 am
Guardado en: despedidas, extrarradio

mi padre es un hombre de costumbres arraigadas. A pesar de que no era cosa suya, acabó haciendose responsable, como lo acaban siendo todos los padres, de los descuidos de sus hijos. De este modo, durante más de 10 años, salía a la calle a primera hora de la mañana, compraba el periódico, se tomaba un café, charlaba con la gente del barrio, se pasaba por el super o por la panadería y volvía a casa después de haber terminado su primera excursión del día. Debido a su trabajo, mi padre pasa mucho tiempo en casa a lo largo del día, así que él se hace cargo de cocinar, poner la lavadora, y echarnos a mi hermano y a mi de la cama. Cuando todo el mundo se largaba, él nunca estaba solo.

Sus paseos, y su vida doméstica, siempre estaban acompañados por Wanda. Y la estampa de la imagen de mi padre en la calle siempre estaba ligada al perro.

Wanda era un chucho color canela, cuya raza era el eslabón perdido entre el terrier y el pequinés. De pequinés, afortunadamente, sólo tenía la cola y las orejas. Llegó a nosotros, un verano, allá por el 93, en el pueblo. La rescató mi hermano del grupo de proto-delincuentes-juveniles que la tenían como mascota de “Su Club”. De esa etapa de su vida, el perro le había cogido manía y pánico al agua (se cayó en una piscina) y a los palos de la escoba (adivinar…). Entre otras cosas, también sufría complejo de abandono, y le daban ataques de ansiedad cuando veía a alguno de nosotros alejarse en coche.

A pesar de que el Niño fue el que la trajo, Wanda no se mostraba muy solícita con él. De hecho, las únicas zapatillas que destrozó eran siempre del Niño, así como sus plantillas, y sus calcetines. También era la única persona con la que no soportaba salir a la calle. Hasta el punto de que una vez se volvió sola a casa. No obstante, siempre se hacían mimos a escondidas.

A ella le gustaba, obviamente, socializar más con mi padre. Todo el barrio la conocía, y los conocían a ambos. Formaban parte de esa pequeña comunidad de “personas que pasean al perro”. Personas que por norma general, no saben ni como se llaman, pero que conocen al dedillo el nombre y la edad de los animales de los demás.

Estoy convencida de que muchos perros piensan, que cuando salen a pasear, en realidad son ellos los que airean a sus amos. Para que hagan amiguitos.

Mi madre la sacaba poco, en contadas ocasiones, sólo cuando no le quedaba más remedio, y no había nadie más en casa. Después de todo, mi madre era la otra hembra dominante en la casa. Así que su relación era más bien tirante. Pero era una tirantez de mútuo respeto, pues desayunaban juntas muchas veces, y dormitaban en el sofá otras tantas.

Últimamente estaba contenta porque yo volvía a estar por casa, incluso la sacaba al mediodía. La consentía un poco (bastante). Lo reconozco, fue una mala pasada lo de buscarme un gato. La dejaba dormir en mi cuarto, y la subía al sofá cuando no miraba nadie.

Había una rutina en casa en torno a un perro. Darle la comida, cambiarle el agua, controlar las pastillas desparasitarias, el collar antipulgas, sus tres paseos diarios, apartar su cesta para barrer debajo. Dejar caer algo de pollo al suelo cuando nadie miraba. Darle jamón dulce cuando se abría la nevera. Una galleta maría, si la Abu llegaba de visita.

Palmaditas en la cabeza. En el lomo.

Y algunos gritos cuando se lo hacía en el recibidor.

Había toda una serie de actos automáticos adquiridos a lo largo de 15 años que se van a quedar huérfanos de sujeto.



Sin Lobo…
Octubre 2, 2007, 7:38 pm
Guardado en: architecture, despedidas

OBITUARIO: EN LA MUERTE DE FERRÁN LOBO
Un ser de palabra

Nacido en Girona en 1941, el filósofo Ferrán Lobo era profesor en la Escuela de Arquitectura de la Politécnica de Barcelona. Falleció en la noche del 30 de septiembre.

Desde su adolescencia Ferrán Lobo fue interlocutor de personas que, con frecuente abuso de lenguaje, eran tildadas de filósofos. A veces eran estudiosos de la filosofía en un sentido estricto, pero otras veces se trataba de científicos que sacaban punta conceptual a algún aspecto de su disciplina. En ocasiones, el interlocutor era un filólogo o un poeta, o ambas cosas a la vez. Ferrán Lobo siempre estaba dispuesto a aceptar una invitación, a poder ser en lugar de difícil acceso, para pasar unos días simplemente hablando. En una de esas reuniones aún en tiempo de Franco, sus interlocutores fueron, entre otros que por allí dábamos un paso en la filosofía, Agustín García Calvo, Rafael Sánchez Ferlosio, Fernando Savater y Eugenio Trias.

El lugar era un monasterio del Rosellón, y el tema de reflexión, que ocupo una entera semana, el análisis… de las fórmulas del interés simple y del interés compuesto. Hace sólo unas semanas evocaba Ferrán aquel simposio y venía a recordar la urgencia de poner de relieve lo inextricable del lazo entre tiempo y capital.

Ferrán Lobo era biólogo de formación y había conocido al gran Margaleff, que le abrió un camino para una experiencia apasionante de dos años de navegación en un barco pesquero. En Pasajes de San Juan le despidieron sus amigos y allí le encontraron más tarde, reciclado como profesor de filosofía y embarcado en la apasionante aventura que significó la creación de la facultad de Zorroaga en el País Vasco. Despojaba textos clásicos del velo de caspa con el que la erudición los había cubierto, desvelando así todo su contenido subversivo. Al tiempo que convertía en mítines sus clases de “Fundamentos biológicos de la personalidad”, medía y sondeaba ese auténtico pilar de una reflexión estética digna de tal nombre que es la kantiana “Crítica de la Facultad de Juzgar”. Esta faceta le llevo a integrarse en la escuela de arquitectura de la Universidad politécnica de Barcelona y a dar largos cursos sobre el tema en universidades de Colombia, país al que amaba entrañablemente. Era habitual entre los amigos calificar a Ferrán Lobo de ágrafo. La cosa no era exacta. Su tesis sobre Kant es una pequeña joya conceptual y estilística, que simplemente nunca quiso publicar. En su lengua catalana Ferrán escribía sobrios versos, que alguna vez los amigos encontrábamos por los pasillos.

Ferrán Lobo, que con tanta entereza ha permanecido “ateo en el lecho de muerte”, evocaba en ocasiones al gran Peguy, con un rescoldo de nostalgia por una época en que la crueldad se traducía al menos en la erección de catedrales. Para los que le veíamos sellado por la enfermedad, constituía una fuente de moral el comprobar que estas huellas del tiempo en su cuerpo no se empapaban de las mucho más insoportables que, también en los cuerpos, deja la mentira.

VÍCTOR GÓMEZ PIN 02/10/2007

Publicado en El País



Sr. Lobo
Octubre 2, 2007, 4:25 am
Guardado en: architecture, despedidas

En Pulp Fiction cuando había grandes problemas llamaban al Sr. Lobo para que los solucionara.

Mi Sr Lobo a veces asistía a clase vestido con mono negro, como si fuera un mecánico o un obrero elegante. Era su pequeño homenaje a la Bauhaus. Después de todo él obraba maravillas  en nuestras mentes.

Tenía un enorme bigote blanco (amarillento de la nicotina) que le caía sobre el labio y que se movía risueño cuando hacía chistes sobre Duchamp.

Era de esos profesores que daba descanso en sus clases, para poder tomar un café…tiempo que él dedicaba a pasear por la terraza mientras se fumaba un cigarro y se bebía una caña.

Si estaba dentro, sentado cerca de la barra, se le reconocía por su GinTonic.

Una vez hizo un experimento. Puso la película “El Manantial” a principio de curso, y preguntó a los alumnos que les había parecido el personaje del arquitecto. Todos afirmaron entusiasmados que de mayor querían ser como Gary Cooper. Durante ese semestre el sr. Lobo impartió sus clases de Estetica. Al final del curso, volvió a preguntar a sus alumnos que opinaban del arquitecto protagonista de aquel film. Los alumnos volvieron a insistir en que de mayor querían ser como Gary Cooper.

Se rió, y dijo que si así era, no habían comprendido nada de sus clases.

Procuró no volver a experimentar nunca más con el alumnado.

Así que se centró en el profesorado.

Perdonadme, pero todo esto es palabrería sensiblera.

Mañana se efectuará el funeral de Ferrán Lobo en el Tanatorio de la Ronda de Dalt.