“Muchas gracias caballero, pero estoy de luto y no puedo comer fruta colorada”
Me vestiré de negro, castizo y austero, con ropas oscuras aunque se me pegue el polvo. Como en la casa de Bernarda Alba, cerraremos las ventanas, y sabe Dios que no entrará luz ni se escucharán risas en esta casa. Que vestiremos de luto, y teñiremos nuestras ropas de fiesta. Y no comeremos fruta colorada, no morderemos la granada.
Esconderemos las manos bajo las sayas, y hablaremos en susurros.
Y cuando pronunciemos su nombre, por si acaso lo acompañaremos siempre de una pequeña santiguación, de fórmulas mágicas para no molestar su reposo. “Que en paz descanse”
Y diremos, con su apellido, “que dios lo tenga en su gloria”.
Que está feo, mentar a los muertos, sin su permiso.
Que son más de 20 años, acompañando mis nostalgias y tristezas, y mis alegrías y las fiestas. Con taconeos y repiques de mesa.
Y este enero, cuando baje a Granada, pasaremos por el cementerio, de riguroso negro, con un ramo de crisantemos, y una botellita de manzanillla. Que a los muertos hay que llorarles y luego convidarles.
Y a alguien que le pone a su hija Soleá – así, para que no se sepa si está sola, si está al sol, o si es canción – hay que llorarle y con rabia.
Él llega a casa. Introduce como cada día la llave, gira hacia la derecha pero esta vez la puerta no se abre.
Se asegura de haber introducido la llave correcta, la comprueba y compara con el resto de llaves en su llavero. Sí, es la correcta. Lo vuelve a intentar. Introduce la llave, gira hacia la derecha, y la puerta no se abre.
Llama al timbre. Pero no le abre la puerta. Llama por teléfono pero no contesta. Quizá ella está en la ducha, quizá está dormida y no lo escucha.
Ha vuelto a cerrar por dentro. Es un gesto que tiene, algo automático. Es normal.
Espera un ratito más, y vuelve a llamar, pero sigue sin contestar. Esto ya no es tan normal.
Se impacienta y se pone nervioso. Vuelve a intentarlo. Pero la puerta no se abre. Grita su nombre. Pega golpes. Pero no hay respuesta desde adentro.
El vecino sale al rellano, porque escucha llamar con insistencia, y también lo ha escuchadi a él gritándo su nombre. Las cosas están como están, y la gente está muy sensible con estas escenas. Pero son una pareja normal. No se lo esperaba. Por si acaso sale al rellano, a ver que pasa. Y él le explica, que no puede abrir, que la puesta está cerrada por dentro, pero ella no contesta.
Acuerdan intentarlo de otra manera. Pasará por el balcón del vecino. Es asequible, no es peligroso. No es nada, no será nada.
Así que pasa por el balcón del vecino, y llega hasta su balcón. Reconoce su ropa estendida, la de ellos, algunos trastos acumulados fuera, su casa. La puerta del balcón está abierta unos dedos, ya empieza a hacer calor, y así se ventila la sala de estar y puede fumar tranquilamente.
Entra. Pronuncia su nombre en voz alta. Pero nadie responde. Vuelve a llamarla, y sigue sin haber respuesta.
Porque ella no puede responder. Porque ella está sin estar, porque ya no es. En su lugar hay un cuerpo, frío y pálido, que no respira, que no late, que no ríe.
Fundido en negro.
Ahora él llega a casa, como si fuera un día más. Y la puerta se abre. Porque no hay nadie que cierre mecánicamente por dentro. Se calienta algo de cena, porque a pesar de todo tiene hambre. Pero no un hambre voraz, es un hambre mecánica, de costumbre adquirida. Sólo se alimenta, porque sabe que tiene que alimentarse, cubrir unas necesidades básicas. Así que se sienta solo a una mesa a la que le ha puesto el mantelito, como si fuera cada día, pero esta vez se le queda grande. Y luego se sienta en el sofá y mira un poco la tele, y no sabe si echarse hacia un lado o hacia otro. Porque es un sofá para dos, pero ya no son dos. De hecho ni siquiera está mirando la tele. Solo está allí, intentando no pensar, no ser él, y no estar en esa casa que ya no parece su casa.
Alguien le llama por teléfono. Contesta automáticamente. Sí, puede quedar, no, no estaba haciendo nada, sí, tiene todo el tiempo del mundo.
Fundido en negro.
Llevo un par de días, reproduciendo una y otra vez la escena en mi cabeza. Lo hacía ayer también cuando lo tenía sentado delante de mí en la cafetería, lo hice antes también en el tanatorio cuando no supe decirle nada reconfortante.
Pero parece ser que en grupo es algo más fácil. Y uno acaba hablando de comics y películas, del partido y del barça perdiendo. Procurando pasar de puntillas todo lo sucedido y pensar que no ha pasado nada, somos el mayor grupo de mentirosos, vestidos con nuestras máscaras de cartón piedra fingimos que mañana no habrá ningún funeral para una chica de 27 años que se apagó de golpe y sin previo aviso.
Pero no puedo evitarlo. Y vuelvo a pensarlo y a reproducir como una película la escena en mi cabeza.
Y cada vez que reproduzco esa escena en mi cabeza- y no puedo evitar hacerlo, una y otra vez, para explicarmelo, para entenderlo- lo hago como si fuera un científico intentando estudiar los matices, los efectos, detectar los gestos. Y entonces, a veces también, cambio los personajes, y ya no es él, soy yo llegando a mi casa, y empiezo a sentir ese vacío, esa inmensidad, esa nada y creo que me va a comer. Y entonces tengo que parar y vuelvo hacia atrás, y procuro no pensarlo más, porque no hay alma que pueda soportar semejante tortura.
entre toda la mierda de esta semana, entre las subidas y bajadas hormonales, entre el asco a todo, el calor, el bloqueo mental, la mendicidad absoluta – os he dicho como mis jefes han hecho una recolecta para poder enviarme de vacaciones?- las urgencias familiares, las hormonas otra vez, este exilio voluntario y a ratos involuntario, este esperar media hora en el bar para no seguir bebiendo sola, mi gata en sueños, y la sombra en el pasillo que volví a pensar que era mi perra, el desorden imperante, los libros de poesía abandonados por los rincones que empiezan bostezando un “como mendigas en el subterráneo, las ciudades duermen bajo la enfermedad de las estrellas”, las cartas que se me acumulan, una lista de razones para no odiarte, y otra con la gente a la que tengo que llamar.
He decidido pasar el luto un poco a solas, un poco a oscuras, porque pasó el día y titubeé. Y hubiese estado bien llamar al resto, y compartir la pena. Pero no tenía ganas de la pena de nadie, ni tan solo de la mía, por mucho que el coche tomara la curva y pasara por delante del hospital, y se vislumbrara el tanatorio al fondo.
Que hago yo con mi montón de miserias ante tu muerte? eh?
qué hacemos con nuestros dolores de cabeza? con nuestras facturas? con nuestra hipocresía y nuestros miedos al día a día?.
La muerte ajena nos vuelve mudos, estúpidos y críos.
Porque no hay nada que se puede comparar a una llamada en 16 de Julio y al apagón generalizado. A la mano dolorida de Paco, al llanto roto de Gema, y a todo lo demás.
Y yo esta semana estaba demasiado egoista para enfrentarme a todo otra vez. Demasiado impotente. Y toda mi mierda me volvía pelele por culpa de tu ausencia.
Tu muerte nos vuelve nadie.
no soy yo de escribir necrológicas, a pesar del último medio año pasado de funeral en funeral.
pero acabo de leer que Ángel González ha muerto.
y eso es casi como quemar libros.
Yo sé que existo
porque tu me imaginas.
Soy alto porque tu me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita…Muerte en el Olvido
Ángel González.



