apareció un día antes de comer. No sabemos si fue una calentura temporal, fruto de las cervezas, la falta de sueño y las altas temperaturas, o el gusto de mi tío siempre fue así. El hecho es que salido de la nada- bueno, concretamente salió de detrás del contenedor de la basura de nuestro barrio- y aquel cuadro horrendo se instaló en nuestra terraza.
El engendro medía cerca de dos metros de ancho por uno y medio de alto. El marco era de madera ligeramente labrada. El lienzo no era propiamente un lienzo, estaba más cerca de la moqueta que del tapiz. El cuadro en sí representaba una escena forestal, en el centro absoluto de la composición un ciervo, con su cornamenta, erguido miraba al espectador medio bizqueando. El ciervo en cuestión tenía tintes de becerro y era más bien algo rechoncho y paticorto. Aún así era mucho más señorial e imponente que los otros cervatillos que pastaban a sus pies, que estos sí, parecían más bien ovejas, y merinas para más señas. Este efecto ovejil de los cérvidos no sabemos si era debido a la textura lanosa mugrienta del material en el que estaban ejecutados o a la pericia artística del diseñador. Al fondo, detrás del ciervo-becerro, un paisaje suave, con sus lomas y colinas, sus conejos, ardillas y roedores varios, sus agrupaciones pintorescas de árboles y su sol poniéndose o amaneciéndose acababa de completar la composición. El cromatismo de la obra era digno de un daltónico, el cielo era rojo, el ciervo verdoso – no se sabe si era la intención original de diseñador o bien era fruto de la mugre y el moho-los árboles rosas, los conejos amarillos…
A medio camino entre la cultura kistch de los salones españoles de los años cincuenta -con papel pintado en las paredes- y la cultura pop. Era en sí todo un símbolo de la decoración patria.
-De dónde cóño ha salido esto?
fue la frase más pronunciada la tarde de su aparición. Mi tío comentó que era muy chulo, y que daba lástima que lo hubieran tirado. Así que lo había traído…
-Para qué?
-Bueno, para que no lo tiren.
-Y qué vas a hacer con él?
-Bueno, yo nada, porque soy un invitado y no tengo casa. Pero a lo mejor alguien quiere colgarlo en la suya.
A parte de feo…su medidas hacían físicamente imposible que aquello se colgara en el comedor de nadie – y mucho menos en el mío. De hecho nos preguntábamos de qué casa del pueblo podría haber salido semejante mamotreto, porque tenía pinta de tener sus años -vamos que ese estilo de cuadros hace como 30 años que sólo son típicos de las casas de las abuelas (de hecho la mía tiene en su comedor una escena de caza pintada al óleo que me producía pesadillas de niña) y no de las de nueva construcción- y las casas viejas del pueblo acostumbran a tener puertecitas de juguete de las que salen abuelitas de pinypon y abuelitos encorvados a fuerza de agacharse para pasar por la puerta de casa. Si alguien había tenido eso colgado en su casa, debía ocuparle una pared entera, del techo al suelo. Y si tenía eso decorando su recibidor o su sala de estar, no quiero pensar en el tamaño del cristo crucificado que debía tener en el dormitorio -y sobre la cama.
En ese momento, nadie de la familía quería eso en su casa, y por supuesto yo no lo quería en mi trozo de terraza.
La única que parecía entusiasmada con la idea era la abuela, que lo encontró muy “bonico” y preguntó en que sitio lo íbamos a colgar.
-En tu cuarto abuela, que lo tienes muy desangelao.
-Ay madre mía purísima, en mi cuarto no, niña….eso mejor en otro sitio, donde lo pueda ver más la gente.
Está claro, el arte, cuando es grande -y en este caso lo era- es mejor que sea visto por el máximo de gente posible.
Propuse hacer una performance. Lo grabaríamos en video y todo. Nos liaríamos a martillazos con él, lo pisaríamos, lo arrastraríamos por el camino y por la grava. Sería la representación ideal de “La destrucción del arte en la época de su reproducción mecánica”. Los niños que no tenían ni puta idea de lo que les estaba hablando pero la palabra “martillo” les parecía fascinante dijeron: Sí! Sí! Sí!.
Como todos los planes de verano, se quedó en eso. Un plan. Y el cuadro de los cojones se pasó una semana apoyado en la misma pared. Detrás del tendedero de la ropa. Al lado de la bicicleta de mi hermano. Los que más lo disfrutaron fueron los gatos que se afilaban las uñas en él y se echaban a dormir a la sombra.
Pasó lo que tenía que pasar y mi madre llegó al pueblo y dijo aquello de:
-Qué coño es esta mierda?
-Tu hermano, el experto en arte, decidió que era necesario salvarlo de la destrucción, y lo tenemos aquí, a la espera de acondicionar correctamente una sala para su adecuada visualización.
No le hizo ninguna gracia. Tampoco la propuesta de performance. Y dijo que quería eso fuera de su terraza lo antes posible, que seguro que estaba lleno de pulgas, y que era horrible:
-Mira esa cabra montesa con cuernos, parece un ciervo!
Tampoco le hicimos mucho caso a mi madre, y justo en el momento en que nos giramos y dejamos de ver el cuadro-moqueta nos olvidamos de que existía y de que teníamos que devolverlo a su lugar de origen-o mejor dicho de encuentro.
A la mañana siguiente mi madre se quejó de que alguien había estado debajo de su ventana por la noche. Que había escuchado ruidos y dos personas hablar. Que cómo eran las 4 de la madrugada solo podía ser mi tía, que no se acuesta hasta que sale el sol, acompañada de David que volvía a tener el horario trastocado – como la adolescencia. Pero que vete a saber qué coño estaban haciendo a esas horas debajo de su ventana.
La respuesta fue sencilla:
-Estuvimos llevándonos el cuadro.
Mi madre se giró y observó con asombro y alegría que aquello ya no estaba. No había ningún otro momento mejor en el día que las 4 de la madrugada para deshacerse del becerro cornudo y su camada de borreguillos. De hecho, si mi madre no hubiese llegado de vacaciones esa semana, a día de hoy, seguro que el trasto seguiría en la terraza, como si nada.
Y la escena por lo que dicen fue tal que así:
-Pusimos el cuadro encima de la mesa. Ya que teníamos que ir al contenedor de la basura aprovechamos para tirar el resto de bolsas, así que las pusimos encima del cuadro, como si fuera una bandeja (escribiré un libro que se titulará “Sobre la utilidad del arte para el reciclaje de residuos”) y luego la tita detrás y yo delante cruzamos toda la terraza con el cuadro hasta la esquina (mi tía iría con su eterno ducados en la boca, colgandole 2 centímetros de ceniza en perfecto equilibrio). Entonces nos dimos cuenta de que no podíamos salir, porque el cuadro es muy grande, y el paso que hay entre la pared y la verja es estrecho (esto confirma las especulaciones de parte de la familia de que ese cuadro había aparecido un día allí de repente, y de que no podía haber llegado de otra manera que por la materialización instantánea). Así que tuvimos que volvernos, y dejar de nuevo el cuadro encima de la mesa. No nos quedó más remedio que hacer dos viajes, una para el cuadro y otra para las bolsas de basura.
Lo mejor de todo es que cuando volvieron a tirar las bolsas de basura, el cuadro había desaparecido.
Algún sonámbulo con la misma sensibilidad artística de mi tío había decidido que merecía ser salvado.
A día de hoy, el destino incierto del cuadro es algo que nos asalta de vez en cuando.
Se habrá convertido en una leyenda rural. Aparecerá los días de luna llena a la vera del contenedor de la basura. Los ojos bizcos del ciervo, atraerán al incauto diletante rural, como las sirenas embaucaban a los marinos, y éste se lo llevará a su casa. Y con la luz del nuevo día, aparecerá como compañero extraño de almohada una mañana de resaca. Feo y amorfo.
En este país no hay historiadores del arte, ni críticos de la historia del arte, ni expertos en historia del arte, ni estudiantes de la historia del arte. Al menos eso es lo que se deduce de los periódicos.
He tenido que meter con calzador la palabra “historia”, porque en este país sin duda sobran artistas, críticos de arte, expertos en arte y estudiantes de arte.
Esta escasez de expertos en la historia del arte, o mejor dicho, de nombres propios en Arte (y ahora lo pongo con mayúscula para diferenciarlo de lo anterior) sólo existen los turistas culturales ocasionales. Es decir, esas personas que en su puta vida han mostrado el mínimo interés por un lienzo, pero que cuando salen de su ciudad se abalanzan sobre cualquier museo de renombre, se fotografían al lado de un Picasso o del código Hamurabi como quien se fotografía intentando sujetar la torre de Pisa, sólo para poder presumir a la vuelta de que se han culturiza’o.
Es por eso que cuando un diario de tirada nacional, al que se supone que si bien se le pueden cuestionar ciertas posturas respecto a sudamérica (y su política de contratación de becarios analfabetos para redactar los artículos de su versión online), su difusión y crítica cultural (ejem) es de cierta categoría, se pone de acuerdo con un museo -una minucia, digamos, como el Thyssen de Madrid – para promocionar una exposición temporal, decide montar un video comentando las obras que se exponen, y el comentarista NO es ni un catedrático, ni un crítico, ni un asesor del museo, NO!, es Boris Izaguirre!
Perdónenme ustedes que se me abra una úlcera. ¿Pero qué mierda de Pais este que para promocionar una exposición es necesario que venga un payaso -tal cual, porque hace hace tiempo que este señor no hace nada digno de otro nombre- a decir palabrería barata sacada de manual de bachillerato?.
No es que se esté intentando realizar una tarea de culturización y fomento de la cultura. No, es que hay que rebajarse hasta la mismísima mierda, para ponerse a la altura del intelecto general-patrio para poder conseguir arrastrarlo a un museo. ¿Es necesario llegar a este punto? ¿Es que no hay desafío posible? ¿Es que “la difusión cultural” ha llegado a extremos tan zafios?
Una cosa es tener a la Gwyneth Paltrow haciendo excursiones por la península mostrandonos lo bien que se vive en España y lo rico que está el jamón, que por lo menos está rato buena y tiene un acento español muy cañí, y otra cosa muy diferente es recurrir a la farándula casposa para hablar de pintura.
Es cierto que existe otro video, no tan promocionado como el otro -que llegó a estar en portada de la versión online- en el que el comisario de la exposición “desvela las claves de un pintor y una forma de entender la pintura tan intrigante como sorprendente” (me remito a las palabras escritas) que es la versión inteligente de lo anterior, pero que la cagan al final, porque el que debe ser idiota es el redactor de las preguntas, y el video se acaba con “Qué le preguntaría usted a Fantin Latour?”…y el comisario pone cara de: “me estás tomando el pelo?”.
Hago aquí un llamamiento, y por favor, que el siguiente video sobre la nueva exposición del Thyssen que se titulará “Las lágrimas de Eros” sea comentada por Belén Esteban, y alcanzaremos así, casi sin pensarlo, la obra de arte total.
Edito: Ahora se anuncian videos en que Expertos del Thyssen te comentan las obras maestras del museo. Sólo he visto uno…es bastante cutre.
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Ha escrito el sr. Luri un post sobre un cuadro de Ingres y una foto de Julian Moore, y no he podido abstenerme de contestarle, pero el comentario se me ha ido de madre así que lo dejo aquí suelto y ancho, para que luzca un poquito.
A Ingres pintar cuerpos no es que se le diera muy bien especialmente, y hay pruebas. Pero no es un dársele bien por pereza, es otra cosa, los cuerpos de Ingres desaparecen dentro de los ropajes para volver a salir otra vez por una manga o un cuello. Y cuando lo hacen lo hacen esplendorosamente y parece que tengan su vida propia más allá de la otra parte del miembro que se vea por otro descuido del ropaje. Ahora bien, en este caso la Odalisca, oh dios!, va completamente desnuda, sólo un pañuelo repleto de arabescos y filigranas le recoge el pelo a modo de turbante, y los turbantes como su propio nombre indica turban. Porque de todas las partes del cuerpo en la que se podría haber puesto esa tela para taparse las espléndidas caderas o la curva de su pecho derecho, sólo aparece en la cabeza. Fíjese que mientras la Moore tiene la cabeza descubierta, es una tela –prácticamente un trapo, mucho más pobre que el turbante turbador de la Gran Odalisca- la que cubre sus caderas y sus pechos.
Así pues, estando como he dicho la Gran Odalisca desnuda y pudiendo todo el cuerpo mostrarse libre de ataduras y de encajes encima de ese diván, por qué esa pierna desarticulada? En la postura actual del cuerpo de la muchacha la pierna izquierda a penas sí se vería, quedaría oculta, esta vez por su propio cuerpo y no por una tela –que en el fondo no deja de ser una segunda piel solo que un poco más exuberante. Pero siempre nos quedaría la duda de que realmente estuviera completamente desnuda, puesto que existiría una parte del cuerpo que no se ve. Si nos fijamos justo debajo del cuerpo de la Odalisca hay una tenue seda, blanca como tienen que ser las sedas, que se arremolina y recoge de cualquier modo debajo del cuerpo prácticamente marmóreo de la Gran Odalisca, esta misma tela vuelve a aparecer otra vez, del otro lado justo por debajo de la curva del pecho izquierdo, quizá esa misma tela realmente acabara recogiéndose y envolviéndose sobre la pierna izquierda tapándola, y si esto fuera así la odalisca ya no estaría completamente desnuda. Ingres dibuja esa pierna desarticulada que sobresale de la pierna derecha casi como un apósito, como si la Odalisca misma se retorciera cual arabesco, como confirmación pura y dura de que no hay nada, absolutamente nada, que tape el cuerpo de la Odalisca excepto su propio cuerpo. Eso y el turbante turbador, que como la canción indica, se lo ha quitado todo menos el sombrero.
Y si seguimos por las telas, fíjense ustedes, la importancia de los detalles, quizá el cuerpo de la Odalisca parezca un poco falso, aunque inevitablemente desnudo, pero todo lo que hay a su alrededor, desde el abanico hasta la tela de raso que cuelga a modo de cortina (con ricos bordados dorados), el diván de terciopelo azul, la pipa de fumar, el cojín (sólo un cojín! No como la Moore que necesita ni más ni menos que cinco!) o ese medallón repleto de joyas olvidado como si no tuviera valor alguno a un lado del rotundo culo de la Gran Odalisca todo es tremendamente real, tan y tan real, que qué duda cabe, por fuerza, la modelo debió existir y se la puede encontrar, vaya usted a saber, en cualquier sitio, y además, sin duda alguna, es posible que se desnude del todo si usted se lo pide y se quite hasta sus joyas más valiosas. La Moore, en cambio, cuerpo proporcionadamente real, aunque no desnudo, si no pudorosamente tapado por un trapo cualquiera, se asienta sobre un montón de cojines (cinco cojines cinco) y unas telas que no son telas porque no se puede saber de que material están tejidas, está envuelta en un escenario que parece tan artificial que cuesta asegurar que realmente la Moore misma sea real.
Y es por eso que la Gran Odalisca de Ingres será siempre grande, y por y sólo por, esa pierna izquierda suya que no deja lugar a dudas.
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La primera vez que vi la obra de Camille Claudel fue, cómo no, en el Museo Rodin de Paris. Allí estaba muy bien puesta, formando parte del conjunto, era una habitante más de la casa. Aunque tenía alguna sala exclusivamente dedicada a ella y el folleto del museo te lo aclaraba, todo parecía confundirse y mezclarse. Bien, no quedaba claro, dónde empezaba una -Claudel- y dónde acababa el otro – Rodin.
Me pareció una obra muy bonita.
Muy académica. De niña aplicada y con talento.
Punto.
Pero de Camille se escriben largos ríos de tintas, libros gordotes, se publican sus cartas, y se montan exposiciones con bonitos catálogos. También incluso se hacen películas.
Por qué?
Porque Camille representa el paradigma de la mujer (artista o no) subyugada a un hombre (con talento o no) y que es abandonada. Fantástico. Pero la historia continua. Se enamora de otro hombre (con talento o no) que también la utiliza y la abandona. Dios mío, qué desgracia. Y la historia sigue continuando. Se encierra en su casa y se rodea de gatos, destruye su obra. Desgarrador. Continuamos. Su familia la declara loca y la encierran en un sanatorio. Escalofriante. Echan la llave y la dejan allí, y se pasa 30 años sin poder recibir ninguna visita, y la entierran en una tumba anónima. Qué horror!. Y años después cuando unos familiares se apiadan de ella y deciden recuperar su cadáver resulta que ha desaparecido porque en una ampliación de la clínica ocuparon esos terrenos. Me dejas sin palabras.
Por mucho que se intenten hacer libros, exposiciones y retrospectivas, que ensalcen el talento artístico de Camille Claudel y que lo intenten colocar en una perspectiva lo suficientemente alejada de la “alargada sombra de Rodin” lo único que se acaba destacando de esta mujer es que era una desdichada y que en su vida tuvo puta suerte. Que el cocktail explosivo de arte/locura/desamor ofrecen un resultado fantástico, un caramelito innegable que hace que cualquier cosa que se haga dedicada a esta mujer será bien vista y bien vendida. Es un éxito en la historia del arte sección género.
Y ahora que lo del género está de moda y se intenta buscar cualquier rastro de genio femenino en cualquier campo, aunque el genio sea más que dudoso o el campo que intente representar sea más bien un coñazo.
Un artista mujer desgraciado siempre venderá mucho mejor que un artista hombre con éxito. Porque la desgracia femenina levanta la simpatía de cualquier colectivo feminista de medio pelo con intenciones culturetas y cumple la cuota de solidaridad de género de todos los gobiernos e instituciones públicas. Camille Claudel es, para mayor desgracia, un éxito de ventas para niñas pijis (utilizando la expresión de mi padre). Es una de esas figuras que ayudan a ampliar el mercado del arte y de la cultura, destinado a personas que por norma general no les interesaría un pimiento la escultura, pero que en cambio la vida folletinesca de telefilme de mediodía en Antena3 que envuelve a la pobre Camille lo hace atrayente y seductor.
Camille seduce porque da pena.
Y realmente, da mucha pena.
Seguro que hubiera tenido mucha más suerte si no hubiera sido contemporánea de las teorías freudianas.
Camille Claudel no tiene éxito ni en su éxito. Porque es un éxito parcial, dirigido. Es un éxito buscado.
Es irónico que la mayor exposición que se organizó de ella estuviera comisariada por el Museo Rodin.
No nos engañemos. Más que saldar las cuentas con el pasado y otorgarle a Camille el homenaje que se merece, no hace más que subrayar que Camille tiene éxito de la mano de Rodin. Y que ni muerta escapará de su sombra.





