Archivado en: arte occidental
La primera vez que vi la obra de Camille Claudel fue, cómo no, en el Museo Rodin de Paris. Allí estaba muy bien puesta, formando parte del conjunto, era una habitante más de la casa. Aunque tenía alguna sala exclusivamente dedicada a ella y el folleto del museo te lo aclaraba, todo parecía confundirse y mezclarse. Bien, no quedaba claro, dónde empezaba una -Claudel- y dónde acababa el otro – Rodin.
Me pareció una obra muy bonita.
Muy académica. De niña aplicada y con talento.
Punto.
Pero de Camille se escriben largos ríos de tintas, libros gordotes, se publican sus cartas, y se montan exposiciones con bonitos catálogos. También incluso se hacen películas.
Por qué?
Porque Camille representa el paradigma de la mujer (artista o no) subyugada a un hombre (con talento o no) y que es abandonada. Fantástico. Pero la historia continua. Se enamora de otro hombre (con talento o no) que también la utiliza y la abandona. Dios mío, qué desgracia. Y la historia sigue continuando. Se encierra en su casa y se rodea de gatos, destruye su obra. Desgarrador. Continuamos. Su familia la declara loca y la encierran en un sanatorio. Escalofriante. Echan la llave y la dejan allí, y se pasa 30 años sin poder recibir ninguna visita, y la entierran en una tumba anónima. Qué horror!. Y años después cuando unos familiares se apiadan de ella y deciden recuperar su cadáver resulta que ha desaparecido porque en una ampliación de la clínica ocuparon esos terrenos. Me dejas sin palabras.
Por mucho que se intenten hacer libros, exposiciones y retrospectivas, que ensalcen el talento artístico de Camille Claudel y que lo intenten colocar en una perspectiva lo suficientemente alejada de la “alargada sombra de Rodin” lo único que se acaba destacando de esta mujer es que era una desdichada y que en su vida tuvo puta suerte. Que el cocktail explosivo de arte/locura/desamor ofrecen un resultado fantástico, un caramelito innegable que hace que cualquier cosa que se haga dedicada a esta mujer será bien vista y bien vendida. Es un éxito en la historia del arte sección género.
Y ahora que lo del género está de moda y se intenta buscar cualquier rastro de genio femenino en cualquier campo, aunque el genio sea más que dudoso o el campo que intente representar sea más bien un coñazo.
Un artista mujer desgraciado siempre venderá mucho mejor que un artista hombre con éxito. Porque la desgracia femenina levanta la simpatía de cualquier colectivo feminista de medio pelo con intenciones culturetas y cumple la cuota de solidaridad de género de todos los gobiernos e instituciones públicas. Camille Claudel es, para mayor desgracia, un éxito de ventas para niñas pijis (utilizando la expresión de mi padre). Es una de esas figuras que ayudan a ampliar el mercado del arte y de la cultura, destinado a personas que por norma general no les interesaría un pimiento la escultura, pero que en cambio la vida folletinesca de telefilme de mediodía en Antena3 que envuelve a la pobre Camille lo hace atrayente y seductor.
Camille seduce porque da pena.
Y realmente, da mucha pena.
Seguro que hubiera tenido mucha más suerte si no hubiera sido contemporánea de las teorías freudianas.
Camille Claudel no tiene éxito ni en su éxito. Porque es un éxito parcial, dirigido. Es un éxito buscado.
Es irónico que la mayor exposición que se organizó de ella estuviera comisariada por el Museo Rodin.
No nos engañemos. Más que saldar las cuentas con el pasado y otorgarle a Camille el homenaje que se merece, no hace más que subrayar que Camille tiene éxito de la mano de Rodin. Y que ni muerta escapará de su sombra.
Archivado en: frikismo
la evolución del stop motion en dos saltos. Pim Pam.
Hacia las 10 de la noche ya se le puede escuchar resoplar por el patio de luces. Tiene los ronquidos más apoteósicos de toda la provincia. Y la caja de resonancia que forma el estrecho patio hace que desde el segundo suba su ronroneo de locomotora a vapor hacia los pisos superiores.
A veces parece que se vaya ahogar. Otras parece que se haya cambiado de posición. Pero eso son sólo unos segundos en su cadencia de inflarse y desinflarse.
Da miedo.
Es como tener a Caribdis instalado en el segundo.
Te imaginas una masa informe y gorda, panza arriba sobre la cama, resoplando y burbujeando. Horas y horas.
Le he dicho a él, que en la próxima reunión de vecinos se acuerde pagarle al tipo una uvulopalatofaringoplastia -lo he buscado en internet- por el bien de la salud y descanso vecinal. Pero resulta que está de alquiler, así que saldría más barato defenestrarlo que arreglarle el guru guru.
Es aterrador, en el silencio total de la noche, escuchar sus gorgoteos y sorbidas llenar todo el espacio del patio de luces y colarse por la ventana abierta del dormitorio. (hace mucho calor, no me pidais que me encierre)
Archivado en: frikismo
había un tipo en el metro, de esos con pantalones subidos -casi- hasta la altura del sobaco. Se acercaba lastimosamente a la frontera de los cuarenta, y digo lastimosamente, porque era de los que se quedan calvos en lugar de echar canas sexys. Andaba quedándose calvo, a lo monje franciscano, y con melenita de paje.
Los pantalones altos, insisto, cogidos con un cinturón fino de piel, y un polo verde. Debajo del brazo llevaba un yorkshire perfectamente peinado y con un collar del que le pendía un colgante con forma de hueso plateado (al yorkshire no al tipo).
El yorkshire observaba metódicamente todo lo que sucedía a su alrededor. Su dueño no.
Su dueño andaba más ocupado en controlar lo que pasaba por la pantalla de su iphone y menear la cabeza al ritmo de la música que salía de sus auriculares.
Cuando se puso a mi altura en las escaleras mecánicas no pude evitar mirar de reojo la pantalla del iphone. Era Madonna pegando brincos en el escenario. Volví a comprobarlo. Seguía siendo Madonna pegando brincos en el escenario.
Cuando se alejaba de mi con su paso apresurado pasillo abajo, dándome explendorósamente la espalda de culo estrecho y la calva redonda, seguía pensando en qué clase de depravado puede pasearse con un yorkshire bajo el brazo mientras mira un concierto de Madonna.
Archivado en: narcisismos
Cuando te dicen que un protector solar es de fácil extensión y fácilmente absorbible, hay que saber valorarlo, aunque implique un serio aumento de precio en el producto.
O sino, se corre el resiego de obtener un bronceado tipo vaca. O lo que es peor quemaduras como si fueran restregones.
Vamos, lo más.
Ideal para llevar escote.


