María estaba convencida de que la casualidad de su vida le sucedería en el metro o en el autobús. No podía ser en el trabajo, porque sabía que de allí no podía salir nada bueno, ni tampoco podía ser en un parque o en una esquina porque el transporte público le ofrecía un servicio puerta a puerta perfecto que le impedía dar más de dos pasos seguidos en la calle. De su casa al trabajo, o a casa de sus padres, o a casa de alguna amiga, la ciudad desaparecía en una maraña de combinaciones de líneas de metro y de autobús. No iba de bares porque odiaba cómo el olor a tabaco le impregnaba la ropa; había substituido el cine por una pantalla plana de muchas pulgadas en su bonito salón y no tenía ningún perro al que pasear. Así que si alguna vez le tenía que suceder algo tendría que ser sin duda alguna en un autobús o en un vagón de metro, o en su defecto, en los pasillos y escaleras de éste. Por ello procuraba ir vestida siempre para la ocasión. Tampoco es que se arreglara excesivamente, pero estaba claro que si sucedía algún día un apagón y se quedaban todos atrapados y un bombero musculoso la sacaba en brazos de la oscuridad espesa de un tunel, pues que menos que estar bien depilada y lucir un buen escote. La idea de que la atacaran para robarle o para agredirla sexualmente y que alguien saliera en su rescate no le entusiasmaba demasiado, y prefería evitar ese tipo de fantasías mientras estaba sentada en un vagón estudiando los rostros de los hombres que viajaban con ella. Cualquiera podía ser un héroe en potencia o un caballero. Sólo era necesaria la situación adecuada. Sí, efectivamente. Cuando María se refería, como a ella le gustaba decir, a la casualidad de su vida, estaba hablando de enamorarse y de que se enamoraran de ella. Un flechazo, propiamente hablando. Hay que reconocer que María consumía demasiada ficción hollywodiense y eso ayudaba a edulcorar hasta la diabetes sus fantasías sub-urbanas. Nunca pasaba nada. Nada realmente digno de mención. Nadie le sujetó las puertas para que pudiera acceder en el último momento en el vagón de metro, ningún hombre maduro le había ofrecido su asiento en el autobús con una sonrisa, ningún revisor había reparado en el perfil perfecto de sus tobillos. Nada. Pero ella seguía esperando.
El día que un convoy de la línea L5 arrolló a María, tanto su familia como amigos coincidieron en la suposición de que harta de esperar esa gran casualidad, había decidido poner fin a su vida de un modo dramático (casi peliculero) tirándose a la vía del tren. “Siempre tuvo demasiados pájaros en la cabeza” opinó su madre mientras se recolocaba el dobladillo de la falda el día del funeral. Lo que ninguno de ellos supo, es que las cámaras de seguridad del metro captaron ese día a una María difusa que se paseaba por el borde del andén coqueta, intentando llamar la atención de un hombre apuesto. Casualidades de la vida, se le rompió el tacón de un zapato y María se cayó al vacío en el mismo momento en que el hombre miraba para otro lado. Casualidad fue también que en aquel instante le picara la pierna al conductor del tren, que no vio como una María aturdida hacía un gesto patoso de socorro al ver llegar el tren a la estación. Y coincidencia fue también que nadie escuchara su grito de desesperación porque en aquel momento el sistema de megafonía se puso en marcha con un estruendo para invitar a los usuarios a que participaran en un concurso de relatos.
7 comentarios por mucho
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Siempre he sabido que los tacones son perjudiciales para la salud
comentario por koldo Abril 23, 2009 @ 10:39 amjeje
comentario por lacelia Abril 23, 2009 @ 11:25 am¡¡Ufff, como están los biorritmos!! Peligroso el transporte público para las Penelopes.
comentario por Jordi Abril 23, 2009 @ 12:18 pmAhora lo entiendo todo…
comentario por Berto Abril 23, 2009 @ 1:14 pmCon esto querías ganar? A mi no me lo parece. Mas bien diría que pretendes establecer un récord de descalificaciones.
comentario por juan-niño Abril 26, 2009 @ 9:33 pmEs como una versión macabra de Amelie!
Sois unos quisquiillosos, os podríais dedicar a jueces de concursos literarios.
comentario por lacelia Abril 27, 2009 @ 8:18 amA mí me gusta, pero, querida, te podrían dar cualquier premio menos el de una empresa de transporte público…
Un beso.
comentario por Portorosa Abril 27, 2009 @ 9:12 am