Archivado en: narcisismos
llegué a la isla el día de mi cumpleaños hace unos cuantos años a las 3 de la madrugada, después del viaje en el ferry Kefalonia que salió del puerto de Patras.
Recuerdo que Patras me pareció sucia y fea. Imagino que fue porque estábamos en en la zona del puerto, niños gitanos nos controlaban las mochilas esperando cualquier despiste para limpiarnos absolutamente. Se nos acercaban a la mesa de la terraza en la que comíamos a pedirnos comida con descaro para luego tirarnoslas a los pies. En el puerto los adolescentes pasaban de nuestras mochilas y hacían intentos de aferrarse a los bajos de los caminos que unas horas después cargarían las bodegas del ferry. La espera se hizo larga, el viaje eterno. Me asombró la oscuridad en alta mar, era espesa y densa. La cubierta iluminada parecía ser lo único con vida en medio de una especie de masa informe de vacío. Si mirabas hacia abajo a penas alcanzabas a ver el rumor de las olas y fantaseabas con haber visto algún delfín. No existía horizonte. Todo era oscuridad, ni siquiera estrellas. Las luces del ferry te cegaban al exterior.
Por fin empezamos a divisar la isla. La entrada en el puerto de Vathi fue lenta, es como una hendidura que se adentra hacia la tierra, así que poco a poco el ferry iba avanzando y distinguíaslas casitas apiladas en la carretera del puerto, pequeñitas, bajitas, como de juguete. Con sus barcas atadas enfrente.
No teníamos hotel, era de madrugada, todo el mundo bajó del ferry con motos y coches y desaparecieron por las calles de la capital de esa isla minúscula cuya carretera más larga mide 28 kilómetros. En la guía habíamos localizado una especie de hostal que tenía buena pinta, era barato, y era de esos que tenían todavía el encanto de esos hoteles de cuando los ingleses tenían a Grecia como residencia de verano. Empezamos a caminar por el puerto arrastrando las mochilas, el hotel no estaba muy lejos. Llegamos, y estaba cerrado, en plena reforma. La guía que llevábamos la habíamos sacado de la biblioteca pública del pueblo, no se actualizaba desde hacía cuatro años.
Decidimos dormir en la playa. Pero el puerto resultó no acabarse nunca, y los únicos tramos que en la oscuridad vislumbramos que se acercaban al agua resultaron ser pedregosos y escarpados.
Por el puerto se paseaba un gato que resultó ser un hurón.
Acabamos finalmente en el hotel más caro de todo el viaje, eran las 5 de la mañana y no nos aguantábamos. Nos cobraron un desayuno que no comimos nunca. Y habíamos perdido el único autobus que nos podía llevar al norte de la isla.
Había otro hostal cerca de Vathi en el que podíamos habernos quedado. Pero en la guía que teníamos no aparecía. Nosotros lo conocíamos porque en el libro de Javier Reverté hablaba de él, se había pasado allí unos meses viviendo mientras escribía sobre Grecia y esa isla. Pero en la guía que llevábamos no aparecía esa pensión maravillosa en la que si le caías en gracia al dueño te llevaba a pasear en barca y te enseñaba a pescar. La dirección estaba en la otra guía, la otra guía que era un regalo exprofeso para el viaje y que mi compañero decidió dejar en casa en el último momento sin poder darme exactamente una razón para esa decisión absurda. Recordábamos que estaba cerca del puerto, pero no si estaba hacia arriba o hacia abajo.
Vathi nos pareció un poco turística esa mañana, y la imposibilidad de encontrar la casa de Dimitris nos hizo huir al norte previo pago de 20 € a un taxista. Llegamos a Frikis.
Allí nos esperaba la pensión Ulises, y desde el balcón veíamos llegar a los veleros al puerto, a los turistas ingleses bajar en pequeños grupos hasta el restaurante que había abajo, oíamos sus risas mientras bebían y comían langostas bajo nuestros pies. Nosotros hacíamos bondad, y ahorrábamos comiendo lo que conseguíamos en el supermercado Penélope -lo más acertado sería llamarlo colmado, pero supermarket era lo que rezaba en el letrero de la puerta- que estaba en la esquina. La vieja de la tienda nos había sacado queso feta de una fuente de barro cubierta de aceite.
El dueño de la pensión nos dijo que la mejor playa estaba saliendo del puerto y siguiendo un camino de ronda. Allí los olivos llegaban hasta el mar, y en el agua teníamos que esquivar los erizos de mar que se arremolinaban en la orilla.
Estuvimos un par de días sin hacer simplemente nada.
Yo leía la Odisea, o poemas de Elitis. Discutía con mi pareja por los esnorkels recientmente adquiridos en el supermercado. Fui incapaz de acabarme la musaka del restaurante. Una langosta -saltamontes- se nos instaló en el balcón. Mi compañero le dio por beber retzina hasta altas horas de la madrugada y escribir poesía con una letra excesivamente estilizada. Yo dormía.
Volvimos a Vathi sin saber bien bien como saldríamos de la isla y que haríamos hasta la hora de tomar el ferry. Localizamos finalmente una playa artificial a la salida sur del puerto. Estuvimos solos durante mucho rato hasta que empezaron a aparecer la gente de la ciudad- Vathi no se merece ese nombre-, con sus bolsas de comida, sus sombrillas, los gritos de los niños y todo lo demás. Yo me puse enferma solo de pensar que me iba.
De regreso al puerto buscando un sitio para comer descubrimos una especie de pensión a la derecha del camino. Tenía un pequeño muelle enfrente con unas barquitas. También tenía una pequeña playita. Una serie de terrazas se encaramaban colina arriba hasta llegar a la zona de habitaciones.
Era la casa de Dimitris.
La habíamos encontrado.
Subimos hacia arriba y me metí en el restaurante. Me costó acostumbrarme a la penumbra fresca del interior. Era una especie de estancia amplia y casi vacía. Unos cuadros colgaban en la pared, se escuchaba el ruido de la nevera. Había una televisión encendida en alguna parte. Olía bien. Pero no había nadie. Finalmente salió un hombre viejo. Era un poco gordo y tenía unos brazos que parecían troncos. La barba blanca y la piel muy morena. Le pregunté si podiamos comer aunque a penas era la una del medio día. Dijo que todavía la comida no estaba lista, pero podíamos tomar algo mientras esperábamos. Bajo el emparrado tomamos unas cocacolas.
Al cabo de una hora nos trajo una gran ensalada, tomates rellenos de carne y arroz, y algo de carne asada. Bebimos cerveza.
Y yo no quería irme.
Al final nos atrevimos a decirle que sabíamos quien era, que lo habíamos leído todo en el libro aquel. Él nos habló un poco de su amigo, del tiempo que estuvo allí escribiendo y acompañándole a pescar.
Yo no quería irme.
Tenía ganas de quedarme a dormir en ese sitio donde las habitaciones debían ser como celdas monásticas, encaladas y encaramadas en la pared de la colina. Quería salir al mar y oir a Dimitris hablar en su lengua historias que no entendía. Me recordaba a mis tíos del pueblo. Parecía un hombre de barro. Olía a sal.
Nos fuimos poco después. Teníamos que llegar a la península del Peloponeso. Para bajar hasta Olimpia y Esparta desde donde visitamos a las ruinas de Mistras. Luego subiríamos hasta Nauplio, campamento base para llegar a Micenas y a Epidauros. Corinto. Y Atenas.
Habíamos salido de Atenas, y antes de llegar a Itaka fuimos a Delfos, para consultar a los dioses y que nos desearan un propicio viaje.
Nos quedó medio país, unas cuantas islas, Creta entera, Corfú y la casa de Durrel.
Mi compañero un año después me echaría en cara que tuvo la sensación de hacer el viaje él solo, que yo estaba demasiada absorta en todo. Que estaba lejos.
Debe ser un poco cierto, porque yo recuerdo mayormente las piedras, la comida, el sol, y la playa de los olivos. No le hice mucho caso.
Hoy me he encontrado con esto.
Me ha dado tanta envidía leer esta parte:
Veinticuatro horas después, en la isla de Ítaca, Dimitris, dueño de la pensión Tsiribis, y Adrià pescan erizos bajo las aguas del monasterio de Kathara; Carlota toma el sol sobre los cantos rodados; Makis, amigo de la infancia del hostelero, prepara unas parrillas y saca cervezas frías. Hemos venido a esta playa de náufragos en el bote de mis amigos. Nuestros cuerpos zarandeados por días y noches de tren se mecen ahora en la dulzura de las aguas jónicas, y por la noche, Dimitris nos prepara en su restaurante una escorpa al horno, mientras los parroquianos más tabernarios entonan canciones de amor. Todo es armonía a nuestro alrededor. Ningún edificio supera las dos plantas, no hay playas, ni aeropuerto, ni discotecas… El que viene a Ítaca sabe a lo que viene.
Alquilamos bicicletas. Visitamos Dexa, la playa a la que llegó Ulises protegido por Atenea; la cueva de las Ninfas, donde se supone que escondió el tesoro de los feacios; Skinos, con su bahía protegida. Nos deleitamos con las ensaladas, las berenjenas, los calamares, los tomates estofados, las doradas al horno. Cocino una paella para toda la pandilla. Ofrecemos libaciones a la diosa. Dormimos la siesta bajo el canto de las chicharras y en el atardecer jugamos largas partidas de tabli en un backgammon que hemos comprado con la imagen de Alejandro.
Los días fluyen plácidos y transparentes en la pensión Tsiribis, pero el Interrail tiene fecha de caducidad. En la despedida, Adrià asegura que volverá, y Carlota, que pasará su luna de miel en Ítaca.
Mira que olvidarse la guía…que capullo.
7 comentarios hasta ahora
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He estado en Vathi, precisamente el 9 de agosto de 2008,viajamdo a bordo del velero Dimitra, que habíamos alquilado en Atenas.
Comentario por carmina agosto 26, 2008 @ 12:49 amAtracamos en Itaca y , quedamos tan impresionados que nos quedamos durante 3 días.
La primera noche fui a buscar la taberna Tsiribis – en el estremo oriental de la isla- tal y como la describe Javier Reverte en Corazón de Ulises.
Cenamos allí, casi con los pies metidos en el agua y Dimitris me habló de su amistad con Javier. El lo pronuncia en griego: Iabiep–gran amigo y buena persona–dice luego en inglés.
Me enseño a decir buenas noches : kalinista y me firmó el libro de Reverte.
entrañable Dimitirs, de ojos azules, como el mar de Grecia.
El resto de los días los dedicamos a recorrer la isla en motos alquiladas. Aún en Agosto, no hemos encontrado excesivo turismo y hemos viajado por las estrechas carreteras casi en solitario.
Imprescindible volver a Itaca y quedarse al menos 15 días.Quizá en otoño ¿por qué no?
Llegar a Vathi en velero es todo un lujo, que envídia…
Comentario por lacelia agosto 30, 2008 @ 7:05 amHola. ¿Me podéis dar el contacto de la casa de Dimitris?
Comentario por pedro julio 7, 2010 @ 6:54 pmesto no es una agencia de viajes…
el Tsiribis sale reseñado en la guía Routard o en la Trotamundos. Hace 7 años no estaba en la Lonely Planet…no sé si la cosa ha cambiado desde entonces.
Comentario por lacelia julio 7, 2010 @ 7:12 pmEstuve en Itaca en 2005 y en 2009. Dimitris ha hecho algunos cambios en su local como poner una enorme estructura metálica en la terraza donde Javier Reverte comenzó su libro. Cuando conocía a Reverte hablé del Dimitris que conocí.
No hace falta ninguna guía para encontrarlo, con preguntar en el pueblo basta.
Comentario por fernando noviembre 2, 2011 @ 5:49 pmAnécdota: En 2009 comenté con varias personas de pueblo que Dimitris es bastante popular en España. Nadie de Itaca lo sabía.
Puntualizo: estuve en 2004 y en 2009
Comentario por fernando noviembre 2, 2011 @ 5:50 pmHola Iacelia. Soy el autor del reportaje de Itaca que tanta envidia te dió. Me ha encantado que así fuera. A riesgo de que me digas lo mismo que al otro: que esto no es una agencia de viajes, ¿tienes el teléfono de Tsiribis? Lo he perdido y estoy desolado porque quiero hablar con Dimitris de todo lo que está ocurriendo en Grecia. Gracias
Emilio Garrido
Comentario por Emilio noviembre 12, 2011 @ 10:25 pm