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ya he vuelto
dejadme que me recupere
tengo que sacar la vergüenza de la mochila y contabilizar cuantas denominaciones de origen me he bebido.
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no me he muerto ni me he dado a la fuja. Desactivad el equipo de localización y las operaciones de búsqueda.
No estoy.
Me fui del país el día 12. No avisé, porque soy así de despistada y se me hizo tarde en el último momento.
Tampoco estoy muy lejos, ando por Portugal, la idea es remontar el Duero desde Porto hasta que se acabe -ya en Espanya- y bebernos todo menos el agua.
La cosa de momento va bien. A este paso no vamos a llegar ni a Penyafiel.
Dejo a Don Luri de vigilante del tinglado. Juan, como sé que tienes malicia, ni se te ocurra mearte en las plantas.
a las 3 de la madrugada los anitbióticos me llevaron a la cama. Sólo una copa de vino y mucha agua. Ya eran las 7. Y yo sin apenas dormir.
El té verde es un buen diurético, y tiene poca teína. Pero si te tomas 5 vasos por la tarde, algo de efecto tiene esa poca teína. Eso y la música.
Los dejé, insisto, a las 3. Medio arreglando el mundo. Hasta la habitación llegaban la conversación y la música. Él arrastraba las erres y explicaba como las canciones más bonitas de los Beatles eran las de George Harrison y que Paul era un estúpido. Luego llegó Bruce Springsteen. Canturrearon algunas de las canciones. Empezó a sonar The River. Pero no controlaron que a veces al poner música en mp3 el volumen del sonido se dispara. Pero ellos estaban en la terraza y no habían notado la diferencia de volumen porque ellos no lo había tocado. Está igual que antes!! No lo hemos subido!! Me dijeron a las 5 de la mañana.
La cosa continuó. Siguió con Paco de Lucía, Narciso Yepes y el Concierto de Aranjuez. Habían entrado en bucle.
Decidieron cambiar la música. Así que empezó a sonar Silvio Rodriguez. Él llegó al cuarto entre risas, se habían acabado la botella de Ron Barceló y ahora tocaba Silvio.
-Lo sé- le respondí con la cara hundida en la almohada- Y George Harrison es el mejor.
-Por supuesto!
-Y el mejor concierto de Aranjuez es el de Yepes, porque el inconveniente de Paco de Lucía es que aprendió a leer partituras tarde.
-…Pero te quiero un poco.
-Más te vale que me quieras mucho.
-…es que si no luego te lo crees.
-Creo que queda whisky.
-Sí! Lo sé!
Silvio siguió sonando y Alex cantaba desde la terraza. Él volvió.
-Es un friky de Silvio, se las sabe todas, jejejeje.
-Vaaaaleeee….
Siguieron en la terraza un rato más, quizá conseguí dormirme, pero Silvio seguía sonando. No podía haber nada más después de poner a Silvio.
Me despertó.
-Tenemos hambre.
-Ya…
-Hemos decidido que vamos a desayunar.
-Queda pan y fuet.
-No… nos vamos al mercado, son las 7 y ya han abierto.
-…
-Te vienes?
-Va a ser que no, aprovecharé para quedarme dormida definitivamente.
-Vamos a comer albóndigas y la camarera está maciza.
-…
-Pero no es tan guapa como tú.
-…
-No quieres venir al mercado?.
-No…
-Las albóndigas que hacen están ricas.
-Escuchame, si vas al mercado, por lo menos ten la decencia de pasarte por la pescadería y comprar atún.
-Atún?
-Sí, Atún. Que compres atún y lo comemos mañana, quiero decir dentro de unas horas al medio día.
-Ah! Claro! Qué bien! Sí!!!! Tú duerme, yo compro atún y como albóndigas.
-…
No sé cuando llegaron. Alex se arrastró hasta el sofá. Él se derrumbó en la cama.
-He comprado el atun.
Parecía un Cristo crucificado, y le dio por roncar, lo tuve que zarandear y empujar hasta voltearlo, como si fuera una milanesa, hasta que cogió la postura “ronquido soportable de borrachera feliz”.
Cuando se despertaron explicaron el menú del desayuno. Una tortilla de patatas maravillosa, un pincho de carne empanada, y conejo al ajillo. Lo aderezaron todo con el vino más infame que habían probado en su vida. Por eso solo se bebieron una botella.
El atún estaba en el congelador.
Les notaba los sudores fríos de la resaca, y mi risa maliciosa de “yo no pude beber y estoy fresca como una rosa si no fuera porque no me dejasteis dormir” les preparaba el café y les calentaba los restos de tarta tatin.
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llegué a la isla el día de mi cumpleaños hace unos cuantos años a las 3 de la madrugada, después del viaje en el ferry Kefalonia que salió del puerto de Patras.
Recuerdo que Patras me pareció sucia y fea. Imagino que fue porque estábamos en en la zona del puerto, niños gitanos nos controlaban las mochilas esperando cualquier despiste para limpiarnos absolutamente. Se nos acercaban a la mesa de la terraza en la que comíamos a pedirnos comida con descaro para luego tirarnoslas a los pies. En el puerto los adolescentes pasaban de nuestras mochilas y hacían intentos de aferrarse a los bajos de los caminos que unas horas después cargarían las bodegas del ferry. La espera se hizo larga, el viaje eterno. Me asombró la oscuridad en alta mar, era espesa y densa. La cubierta iluminada parecía ser lo único con vida en medio de una especie de masa informe de vacío. Si mirabas hacia abajo a penas alcanzabas a ver el rumor de las olas y fantaseabas con haber visto algún delfín. No existía horizonte. Todo era oscuridad, ni siquiera estrellas. Las luces del ferry te cegaban al exterior.
Por fin empezamos a divisar la isla. La entrada en el puerto de Vathi fue lenta, es como una hendidura que se adentra hacia la tierra, así que poco a poco el ferry iba avanzando y distinguíaslas casitas apiladas en la carretera del puerto, pequeñitas, bajitas, como de juguete. Con sus barcas atadas enfrente.
No teníamos hotel, era de madrugada, todo el mundo bajó del ferry con motos y coches y desaparecieron por las calles de la capital de esa isla minúscula cuya carretera más larga mide 28 kilómetros. En la guía habíamos localizado una especie de hostal que tenía buena pinta, era barato, y era de esos que tenían todavía el encanto de esos hoteles de cuando los ingleses tenían a Grecia como residencia de verano. Empezamos a caminar por el puerto arrastrando las mochilas, el hotel no estaba muy lejos. Llegamos, y estaba cerrado, en plena reforma. La guía que llevábamos la habíamos sacado de la biblioteca pública del pueblo, no se actualizaba desde hacía cuatro años.
Decidimos dormir en la playa. Pero el puerto resultó no acabarse nunca, y los únicos tramos que en la oscuridad vislumbramos que se acercaban al agua resultaron ser pedregosos y escarpados.
Por el puerto se paseaba un gato que resultó ser un hurón.
Acabamos finalmente en el hotel más caro de todo el viaje, eran las 5 de la mañana y no nos aguantábamos. Nos cobraron un desayuno que no comimos nunca. Y habíamos perdido el único autobus que nos podía llevar al norte de la isla.
Había otro hostal cerca de Vathi en el que podíamos habernos quedado. Pero en la guía que teníamos no aparecía. Nosotros lo conocíamos porque en el libro de Javier Reverté hablaba de él, se había pasado allí unos meses viviendo mientras escribía sobre Grecia y esa isla. Pero en la guía que llevábamos no aparecía esa pensión maravillosa en la que si le caías en gracia al dueño te llevaba a pasear en barca y te enseñaba a pescar. La dirección estaba en la otra guía, la otra guía que era un regalo exprofeso para el viaje y que mi compañero decidió dejar en casa en el último momento sin poder darme exactamente una razón para esa decisión absurda. Recordábamos que estaba cerca del puerto, pero no si estaba hacia arriba o hacia abajo.
Vathi nos pareció un poco turística esa mañana, y la imposibilidad de encontrar la casa de Dimitris nos hizo huir al norte previo pago de 20 € a un taxista. Llegamos a Frikis.
Allí nos esperaba la pensión Ulises, y desde el balcón veíamos llegar a los veleros al puerto, a los turistas ingleses bajar en pequeños grupos hasta el restaurante que había abajo, oíamos sus risas mientras bebían y comían langostas bajo nuestros pies. Nosotros hacíamos bondad, y ahorrábamos comiendo lo que conseguíamos en el supermercado Penélope -lo más acertado sería llamarlo colmado, pero supermarket era lo que rezaba en el letrero de la puerta- que estaba en la esquina. La vieja de la tienda nos había sacado queso feta de una fuente de barro cubierta de aceite.
El dueño de la pensión nos dijo que la mejor playa estaba saliendo del puerto y siguiendo un camino de ronda. Allí los olivos llegaban hasta el mar, y en el agua teníamos que esquivar los erizos de mar que se arremolinaban en la orilla.
Estuvimos un par de días sin hacer simplemente nada.
Yo leía la Odisea, o poemas de Elitis. Discutía con mi pareja por los esnorkels recientmente adquiridos en el supermercado. Fui incapaz de acabarme la musaka del restaurante. Una langosta -saltamontes- se nos instaló en el balcón. Mi compañero le dio por beber retzina hasta altas horas de la madrugada y escribir poesía con una letra excesivamente estilizada. Yo dormía.
Volvimos a Vathi sin saber bien bien como saldríamos de la isla y que haríamos hasta la hora de tomar el ferry. Localizamos finalmente una playa artificial a la salida sur del puerto. Estuvimos solos durante mucho rato hasta que empezaron a aparecer la gente de la ciudad- Vathi no se merece ese nombre-, con sus bolsas de comida, sus sombrillas, los gritos de los niños y todo lo demás. Yo me puse enferma solo de pensar que me iba.
De regreso al puerto buscando un sitio para comer descubrimos una especie de pensión a la derecha del camino. Tenía un pequeño muelle enfrente con unas barquitas. También tenía una pequeña playita. Una serie de terrazas se encaramaban colina arriba hasta llegar a la zona de habitaciones.
Era la casa de Dimitris.
La habíamos encontrado.
Subimos hacia arriba y me metí en el restaurante. Me costó acostumbrarme a la penumbra fresca del interior. Era una especie de estancia amplia y casi vacía. Unos cuadros colgaban en la pared, se escuchaba el ruido de la nevera. Había una televisión encendida en alguna parte. Olía bien. Pero no había nadie. Finalmente salió un hombre viejo. Era un poco gordo y tenía unos brazos que parecían troncos. La barba blanca y la piel muy morena. Le pregunté si podiamos comer aunque a penas era la una del medio día. Dijo que todavía la comida no estaba lista, pero podíamos tomar algo mientras esperábamos. Bajo el emparrado tomamos unas cocacolas.
Al cabo de una hora nos trajo una gran ensalada, tomates rellenos de carne y arroz, y algo de carne asada. Bebimos cerveza.
Y yo no quería irme.
Al final nos atrevimos a decirle que sabíamos quien era, que lo habíamos leído todo en el libro aquel. Él nos habló un poco de su amigo, del tiempo que estuvo allí escribiendo y acompañándole a pescar.
Yo no quería irme.
Tenía ganas de quedarme a dormir en ese sitio donde las habitaciones debían ser como celdas monásticas, encaladas y encaramadas en la pared de la colina. Quería salir al mar y oir a Dimitris hablar en su lengua historias que no entendía. Me recordaba a mis tíos del pueblo. Parecía un hombre de barro. Olía a sal.
Nos fuimos poco después. Teníamos que llegar a la península del Peloponeso. Para bajar hasta Olimpia y Esparta desde donde visitamos a las ruinas de Mistras. Luego subiríamos hasta Nauplio, campamento base para llegar a Micenas y a Epidauros. Corinto. Y Atenas.
Habíamos salido de Atenas, y antes de llegar a Itaka fuimos a Delfos, para consultar a los dioses y que nos desearan un propicio viaje.
Nos quedó medio país, unas cuantas islas, Creta entera, Corfú y la casa de Durrel.
Mi compañero un año después me echaría en cara que tuvo la sensación de hacer el viaje él solo, que yo estaba demasiada absorta en todo. Que estaba lejos.
Debe ser un poco cierto, porque yo recuerdo mayormente las piedras, la comida, el sol, y la playa de los olivos. No le hice mucho caso.
Hoy me he encontrado con esto.
Me ha dado tanta envidía leer esta parte:
Veinticuatro horas después, en la isla de Ítaca, Dimitris, dueño de la pensión Tsiribis, y Adrià pescan erizos bajo las aguas del monasterio de Kathara; Carlota toma el sol sobre los cantos rodados; Makis, amigo de la infancia del hostelero, prepara unas parrillas y saca cervezas frías. Hemos venido a esta playa de náufragos en el bote de mis amigos. Nuestros cuerpos zarandeados por días y noches de tren se mecen ahora en la dulzura de las aguas jónicas, y por la noche, Dimitris nos prepara en su restaurante una escorpa al horno, mientras los parroquianos más tabernarios entonan canciones de amor. Todo es armonía a nuestro alrededor. Ningún edificio supera las dos plantas, no hay playas, ni aeropuerto, ni discotecas… El que viene a Ítaca sabe a lo que viene.
Alquilamos bicicletas. Visitamos Dexa, la playa a la que llegó Ulises protegido por Atenea; la cueva de las Ninfas, donde se supone que escondió el tesoro de los feacios; Skinos, con su bahía protegida. Nos deleitamos con las ensaladas, las berenjenas, los calamares, los tomates estofados, las doradas al horno. Cocino una paella para toda la pandilla. Ofrecemos libaciones a la diosa. Dormimos la siesta bajo el canto de las chicharras y en el atardecer jugamos largas partidas de tabli en un backgammon que hemos comprado con la imagen de Alejandro.
Los días fluyen plácidos y transparentes en la pensión Tsiribis, pero el Interrail tiene fecha de caducidad. En la despedida, Adrià asegura que volverá, y Carlota, que pasará su luna de miel en Ítaca.
Mira que olvidarse la guía…que capullo.
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El año pasado mis estudiantes de español en Ebisu me explicaron que el número 8 en oriente es símbolo de prosperidad. Su kanji representa dos lineas que casi se tocan en su extremo superior y que se abren hacia abajo.
八
Es algo así como abrir los brazos hacia la abundancia. En algunas celebraciones se realizan bailes con dos abanicos pequeños en cada mano- no como los de Locomía- haciendo referencia al kanji del 8.
Por eso – por dios ahora no puedo dejar de pensar en Locomía- la coincidencia de la celebración de las Olimpiadas en China este año no es casual. La ceremonia de inaguración será el día 8 del mes 8 del año 2008 a las 8 de la tarde. No había más ochos para meter en la inauguración.
…
Esto no es serio
No puedo parar de pensar en Locomía…


