Archivado en: frikismo
estábamos sentados en una terraza del centro. De esas en las que todavía te puedes tomar algo sin que tengas que vender en el mercado negro tus riñones. Intentábamos evitar al vagabundo borracho vestido de negro. Ese que insistía en hablarnos desde muy cerca y enseñarnos los dientes negros y torcidos. Ese que nos pedía que le llevaramos en coche al Poble Nou a buscar a su mujer que era puta. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que nos observaban.
Los balcones de todos los edificios de la minúscula plaza se echaban sobre nosotros, enseñando sus vergüenzas. Primero estaba aquel hombre del pijama de botones hasta arriba, y la bata bien atada a la cintura. Estaba en el balcón y hablaba animosamente con el vecino de al lado. El vecino, con el cuerpo mucho más templado, se apoyaba en su barandilla vestido simplemente con unos slips que dejaban ver una abultada tripa, redonda e inflada como si se hubiera tragado una sandía gigante. Luego estaba el otro bulto, el de los calzoncillos, enseñandole a todo el barrio, que era igual que a su edad no se le levantara, porque él los tenía bien grandes, los huevos, claro.
Después del descubrimiento de la extraña pareja recorrimos el resto de balcones. Más allá había un grupo de guiris -seguramente estudiantes de erasmus- que en actitud sofisticada tomaban té en un balconcito minúsculo y hablaban como mínimo de Rimbaud. Dos estaban encajonados entre la barandilla y la pared, y desde dentro de la oscuridad del piso se veían de vez en cuando un par de cabezas más y unas manos, que como en una escena de película de terror a veces se aventuraban a la luz del sol para coger alguna pastita de las que había sobre la mesa de Habitat.
Bajando por la misma fachada, un poco más hacia la derecha, en el entresuelo, unas piernas blancas llamaban la atención. La mujer salía de la oscuridad, aferrándose a la luz que entraba por la balconera, y armada con un espejito de mano y unas pinzas metálicas procedía meticulosamente a depilarse las cejas. Alguien desde dentro hablaba con ella y se movía sinuoso por la penumbra.
Al otro lado de la plaza, sin llegar a asomarse al balcón, un hombre con pinta de andino se comía con ansia un bocadillo envuelto con papel de plata mientras miraba hacia abajo. En el balcón de al lado, un señor mayor observaba -la plaza- de pie, sin llegar a salir a fuera, escondido tras un porticón.
Media hora después el tipo del bocadillo decidió salir al balcón a comerse el postre. Un plátano.
Para entonces el viejo borracho había volcado todo el contenido de su mochila encima de una mesa vacía. Fruslerías que había ido recogiendo por la calle y lo que más nos llamó la atención: Un tarro de vidrio, de los que se utilizan para las conservas, repleto de lo que parecía ser vino barato.
No eran los únicos que nos observaban.
8 comentarios por mucho
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Será por el nombre de la plaza, pero allí os teníais todos de lo más controlaos! Me encantaría saber la opinión de alguno de ellos sobre vosotros
Comentario por Sensai Junio 10, 2008 @ 9:37 pmSe los advertí, el Gran Hermano los vigila
Comentario por Into Junio 10, 2008 @ 10:50 pmTe olvidaste del francotirador que teníamos en el 2º
Comentario por seve Junio 11, 2008 @ 1:36 amVaya Seve, es que quería mantener su identidad en el anonimato…
Comentario por lacelia Junio 11, 2008 @ 4:48 amQué temple el tuyo… a mí me inhibiría tanta atención sobre mi persona + una vil taza de café.
Comentario por bandala Junio 12, 2008 @ 3:00 pmPues yo repito comentario, casi: ¿qué esperabas, en la plaza Orwell? No podría ser más apropiado.
Comentario por Portorosa Junio 12, 2008 @ 7:22 pmEl Ayutamiento de Barcelona a veces tiene gestos poéticos.
Comentario por lacelia Junio 12, 2008 @ 7:23 pmQué cultura, qué europeos… Sí, señor.
Comentario por Portorosa Junio 12, 2008 @ 7:34 pm