siempre metiendome con la RENFE, y luego se dan casos de justicia (más bien venganza) divina.
La nueva y temporal estación de El Prat sólo tiene una salida, y sólo unas escaleras para subir de los andentes. Así que en Sans cuando ha llegado el tren he decidido caminar hacia el final. Pero como el tren llegaba con retraso el maquinista ha decidido largarse temprano, para poder cumplir esos horarios que siempre incumple por sistema. Para ello ha decidido cerrar las puertas mientras yo estaba subiendo.
Se trataba de una de esas maravillosas puertas de excelente diseño que en su centro, justo al otro lado del umbral tienen una barra desde el suelo hasta el techo para agarrarte una vez estás dentro. Por su puesto, a nadie se le ocurrió pensar que esa misma barra era un puto engorro cuando entrabas o salías del vagón.
Es decir, en el momento en que las puertas se cerraban inexorablemente sobre mí, la posibilidad de saltar hacia dentro se ha visto truncada al encontrarse esa barra justo en medio. Así que me he retorcido, y he conseguido librarme del cierre de las puertas, me he caracoleado en la barra y he acabado dentro del vagón. No obstante algo ha impedido que cayera de bruces al suelo. Ese algo ha sido mi bolso.
Pues sí, mi bolso-bandolera, hecho con lonas publicitarias recicladas y cosido a mano por los presos de la carcel Modelo de Barcelona, estaba atrapado por las puertas y se había quedado mitad dentro mitad fuera. Miré con horror esa situación, y empecé a tirar compulsivamente de él,no se movía, intenté abrir las puertas, nada, volví a tironear…. Todo era inutil, aquello era inamobible. Mi cara de fustración y pánico debió ser un poema, porque al mirar desesperanzada hacia el exterior del vagón ya en movimiento, me crucé con la mirada de una chica. Ella me había visto, y veía como mi bolsa asomaba por fuera de la puerta del vagón, y también veía como yo inutilmente hacía pucheritos al otro lado.
Se rió. Con un poco de complicidad, y mirando hacia otro lado.
Seguro que cuando dejó de verme la cara de pura pena se descojonó ella sola en su banco.
Me quedé al lado de la puerta, dando gracias de que estuviera yo sola en ese momento y nadie más fuera testigo de mi patética situación. De vez en cuando le pegaba un tironcillo con pocas esperanzas al bolso. Pero nada.
El tren salió de la estación y se paseó por todas las obras del AVE -sí, las obras siguen y yo todavía no he visto ningún AVE en movimiento…cabe la posibilidad de que la alta velocidad sea comparable a la velocidad de la luz- y sus operarios, con mi bolsa asomando por una puerta. Pensé que bueno, por lo menos al llegar a Bellvitge las puertas se abrirían y recuperaría el bolso y lo que quedara de mi movil, mi cartera y mi libro de Cesare Pavese. Pero entonces una idea se me pasó por la cabeza, cabía la terrible posibilidad de que el tren parara en el otro lado del andén, de manera que esa puerta no se abriría y yo no podría recuperar mi bolso. Esa opción me provocó más pánico y empecé a tironear lastimeramente del bolso sin ningún éxito.
Llegamos a Bellvitge, y afortunadamente estaba en el anden correcto.
Veía como alguno de los que esperaba en el anden descubría con cara de consternación y risa mi bolso asomando por entre las puertas, y yo medio escondida detrás del cristal ponía cara entre disimulo y circunstancia.
Finalmente el tren se detuvo. Un chico trajeado fue a abrir la puerta cuando se encontró con mi bolso. Buscando una explicación miró hacia el interior donde yo, roja hasta las orejas, balbuceaba un “se ha quedado atrapado y no puedo sacarlo”. Al abrirse las puertas me abracé al bolso y subí corriendo las escaleras para sentarme en el piso de arriba del vagón.
El chico trajeado se sentó a mi lado. Para mayor recochineo.
Y cuando yo me bajé una parada después todavía se reía de mi.