Cuando yo iba a EGB teníamos un compañero de clase que había venido de Melilla. Era de las cosas más exóticas que se nos habían cruzado por nuestras vidas, no ya provincianas, sino meramente de extrarradio. Bueno, también estaba aquella chica que vino de Reus y vivía para asombro de todos en una casa en la playa, era rubia y menuda, apuntaba maneras de la que hoy conocemos como Scarlett Johanson, con esa boquita de labios redonditos, que nunca decía nada, y por no decir, casi no dijo que su padre era policía, o militar, o algo por el estilo…pero le daba miedo, estaba asustada, y un halo de misterio la envolvía, como si huyesen de algo. Pero yo hablaba del chico de Melilla.
Se llamaba creo recordar Carlos. Ni tan siquiera era magrebí, con lo cual su exotismo era ligeramente inferior a los de la clase de 3ºB. Pero al fin y al cabo, era nuestra excepción. Carlos era gracioso, simpático y un pervertido que se la meneaba en clase a la menor ocasión. A veces también cantaba canciones en árabe, para horror del medio nazi de nuestro profesor de inglés que lo hacía callar a la menor ocasión, sin entender lo fascinante que era para nosotros, ese chaval traído de allende los mares.
El grado de exotismo de Carlitos aumentó a mis ojos cuando nos explicó un día que entre los posibles animales de compañía que se podían tener al otro lado del Estrecho estaban los camaleones. Los camaleones!! Carlitos tenía un camaleón, o mejor dicho, utilizando un pretérito pluscuamperfecto, había tenído un camaleón. Yo siempre pensé que un camaleón debía tener un nombre algo así como Rodolfo. Porque los ojos de los camaleones parecen O y Rodolfo tiene muchas O, y yo que de pequeña ya me estilaba en la poesía visual, pues pensaba en que el camaleón de Carlitos, que seguramente no tendría ni nombre, no podría llamarse de otra manera que no fuese Rodolfo.
Carlitos nos explicó que era absolutamente cierto que los camaleones cambiaban de color dependiendo del lugar en el que estaban. Y que para ejemplo estaba el día en que murió Rodolfo. Rodolfo tenía frío, y por lo visto había sido atraído por el calentador del agua-en su momento esto me pareció rocambolesco, y no diré que no guardo la sospecha de que fue el propio Carlitos que hizo a Rodolfo descubridor de semejante invento- y allí dentro se había colocado. Carlitos explicaba que Rodolfo empezó a mudar su verde, para empezar a volverse terroso, y marrón, y más oscuro y oscuro.
Rodolfo reventó de estrés, o simplemente de calor, porque al igual que las polillas en España los Camaleones en Africa no pueden evitar caminar hacia la luz. Y como el hamster que T. metió una vez en el microondas, Rodolfo voló por los aires, en un rojo encendido tirando a anaranjado, para acabar flotando cual mojoncillo, en la pila del agua teniendo en esta ocasión un color negruzco carbón.
En fin, la chica de Reus que ahora sería como la Johanson se fue al año siguiente y a Carlitos no me lo he vuelto a cruzar por el Prat.



