japanizeme


castañas, panallets, y los zapatos rojos que nunca compré
Octubre 30, 2006, 1:51 am
Guardado en: narcisismos

imagino que por ahí os estareis atiborrando de castañas y panallets.
Y el moscatel que no falte.

Mira que bien.

Yo ando aquí, intentando justificar mi beca y preparando entregas surrealistas de un proyecto más que surrealista.

También, en mi excaso tiempo libre, fantaseo con las cosas que me compraría con el dinero que no tengo. Mi ultimo gran sueño es una maquina de coser…semejante estupidez sólo se me podría ocurrir a mi. Afortunadamente, sólo me he comprado un par de madejas de lana y he empezado la que será la primera de mis bufandas de este invierno.

He de pensar algo ligerito de aquí a mañana por la noche, mi madre me está preparando uno de sus fantásticos envíos (esta vez es mi abrigo de invierno) y cabe algo más…estoy pensando en un libro ( que original que soy) pero no sé cual…y mandar a mi Flor otra vez de Recadero a que lleve mi Herodoto sería abusivo por mi parte. O sea que nada de clásicos.

Aysh, no sé, estoy muy cansada para pensar con lucidez. Sólo puedo pensar en el hagendazz del congelador…

También me duele la tripita (vaya por dios Celia, uno domingo completito) yo creo que ha sido la mezcla de sashimi y la película La Isla, que no sé quien narices me la recomendó, pero se quedó a gusto. Tranquilos, os hablaré de ella con calma…cuando pueda pensar fríamente acerca de lo que he estado visionando. Por cierto, aquellos que no pudieron soportar La Pianista (yo ni siquiera me propuse verla, que soy muy sensible) que desistan de ver La Isla.

No sé si he comentado que aquí celebran “Hallowyn” (así, mal escrito, para joder), cosa que demuestra que lo yankee es una enfermedad contagiosa. Si por norma general Shibuya andaba repleto de niñas raritas con pelucas de colores, bronceados a punto de torrefacción y tacones de vértigo pues ahora van más raras todavía (increible pero cierto) y encima piden caramelos (vamos, el paraiso de los señores malos que miran colegialas y les dan caramelitos a cambio de…). Señores: TRUCO O TRATO.

Yo por mi parte, fascinada por los zapatos de tacón de aguja, el otro día hice un amago de probarme unos en una tienda (Zara, por cierto, que no veas Zara de Tokyo, que aquí pagan por un trapo-mierda-zara lo que nosotros sólo pagaríamos por un Adolfo Dominguez y de rebajas). Pues ahí estaba yo, preguntándome como sería ponerse eso. Eso es ponerse 10 centímetros más alta. Así que me quité mis eternas zapatillas planas y me calcé unos de aguja, así acharolados y rojos, porque puestos a probar, hacerlo con estilo, y ya estaba yo, destruyendo las estadísticas de altura femenina japonesa, rozando el metro ochentaytantos, cuando caí en la cuenta, de que incluso el aire era diferente, o eso, o era yo mareándome ante la idea de tener que bajar de ahí. Vamos, que ni me molesté en caminar, porque de todos es sabido mi patosidad crónica, y yo tengo muy claro aquello de cuanto más grande más ruido hace al caer, y cuanto más ridícula la caida más daño te haces.
Así mi mente de hipocondríaca hacía cálculos de todos los huesos que podía romperme si no atinaba a bajarme de mis zapatos rojos, que no eran míos ni nada parecido, pero los calzaba.
Mire a mi alrededor, y todas las pijas de Shibuya estaban muy ocupadas mirandose al espejo con un trapito-mierda-zara así que aproveché y me abracé a la columna que tenía justo a mi lado y sacudí los pies de uno en uno hasta quitarmelos.

Una vez en el suelo, me sentí en tierra firme, descalza, pero con toda la planta de los pies sobre el suelo. Reconfortante.

Definitivamente, la experiencia fue interesante, y muy didáctica.
Vamos, que no me compro yo unos de esos ni de coña.
(que me fijé yo, que estaban mal cosidos, y como siempre tenían restos de cola por los costados)

…..
y celia sigue murmurando
quién coño va a pagar 40.000 pesetas por un abrigo de Zara?, nadie, nadie en su sano juicio…



onetti y la niña pastori
Octubre 26, 2006, 3:19 pm
Guardado en: literaturas, narcisismos

Tengo a Onetti que estos días me está matando a párrafos y a adjetivos. Que me está quitando todas las ganas de escribir. Para qué? entre él y unos cuantos más ya lo dijeron todo. Y lo demás son redundancias y reprografías de baja calidad.

Hoy es de esos días en los que donaría mis santos ovarios a la ciencia, y presto, prontito, que no los soporto más. Recuerdo al protagonista de “El vientre del arquitecto” y me haría un croquis. Del dolor. Mi dolor. Pero yo, claro está, no utilizaría a Adriano, porque él no me serviría para bocetar los triángulos dolorosos.

Leo:

…no se trata de piedad. Usted me interesa porque mi colección de bichos raros es hoy muy escasa.
[...]
Ocurre como con los libros. Uno los muestra, los presta, y la biblioteca termina vacía o desdentada.

Pienso en todas las mellas y faltas en mis estanterás. Todavía sería capaz, estoy a tiempo, de realizar una lista de los amigos-ladrones-lecotres-guardadores que me los tienen.
Y ya es algo.

Sigo leyendo:

Desde los 14 años ella se había dedicado a emborracharse y a paracticar el escándalo y el amor con todos los sexos previstos por la sabiduría divina.


Por cierto, ya soy, oficiosamente profesora de español (eso que en cataluña llamamos castellano). Doy clases de conversación, hablamos de Raúl, de Fernándo Alonso, de La Leti, y de Zara. Para hacer juego, en mis viajes en metro escucho a La Niña Pastori.



creo…
Octubre 26, 2006, 1:12 am
Guardado en: narcisismos

creo que ya llevo dos meses aquí

felicidades Celita!

happy 2 months



la tasquilla del Tío Francés
Octubre 22, 2006, 2:59 pm
Guardado en: encuentros fortuitos

Yo tenía un tío que no era exactamente mi tío. Era una de esas complejas relaciones familiares que se desdibujan en el tiempo y en la consanguineidad. De hecho creo que ni siquiera era tío de mi madre. Creo que era por parte de su mujer. Sí, creo recordar que su mujer era prima de mi abuela. O lago por el estilo. Eso le otorgaba a ella la categoría de Tita. La Tita Marta. Aunque ella tampoco se llamaba Marta, éste era otro mote más, que venía de algún tipo de canción o frase hecha…pero en fin, su nombre de verdad se perdió, y todo el mundo la conocía por Marta. Pero yo hablaba de su marido. Su marido, que no era mi tío, era conocido de dos maneras diferentes: Pa’ José y El Tío Francés.

Era un hombre no muy alto, de cara simpática, que seguramente no había renovado su vestuario en décadas, quedando estancado de este modo en unos inciertos años 50 y 60. Recuerdo su chaquetilla, una especie de americana, desgastada, una segunda piel que vestía incluso en el agosto más torrefacto andaluz. Una boina, caladilla hasta las orejas, que dejaba ver apenas un cogote entre enrojecido y moreno, moreno de años y años expuesto al sol. No recuerdo si era calvo completamente o era de aquellos que tenían una calva a modo de coronilla, no consigo recordarlo sin aquella boina. También recuerdo su bastón. Y que siempre sonreía.

Pa’ José en los últimos años a veces aparecía de improviso, del mismo que todo el mundo aparecía por mi casa; colocada en un camino que lleva a múltiples sitios, la gente se deja caer en cualquier momento, simplemente porque pasaban por allí. A veces entraba directamente, rodeando la casa, hasta la terraza donde estaba un ratito a la sombra tomándose un vinito cosechero y algo de queso, deporte nacional. Otras, se quedaba en la puerta de delante, apoyado contra la pared, buscando la sombra del alero. Explicaba algo, hablaba de sus hijos, recitando uno por uno como se encontraban todos, y los respectivos hijos de los hijos, y de los hijos de los hijos de los hijos, poniéndonos al día de esa rama familiar difícil de situar, pero que sin embargo es parte del mismo tronco. Entonces se marchaba. Hasta la próxima visita, o hasta el siguiente paseo. Por que llega un punto en la vida de una persona en la que sólo le queda hacer una cosa, pasear.

Nunca había sabido exactamente de dónde venía lo del Tío Francés. Ni en qué momentos era de rigor utilizar este nombre. Sólo sé que ambos se referían a la misma persona. Creo que sólo los familiares lejanos y amigos le llamaban El Tío Francés, y los próximos Pa’ José. Desconozco cual es el mecanismo exacto que indica el grado de proximidad consanguínea que determina que puedas utilizar uno u otro nombre.
Yo siempre pensé que lo de El Tío Francés venía porque quizá había emigrado a Francia, y estuvo trabajando allí, como tantos otros en el pueblo. El Tío Francés siempre me sonó a “El Tío Americano”, cosa que le daba en mi mente cierta categoría de personaje importante que curiosamente no casaba con su aspecto bonachón. Por otro lado su minúscula casita no facilitaba la idea de que hubiera vuelto enriquecido de sus posibles trabajos en Francia. Seguía entonces sin saber exactamente a que le venía ese, para mí tan sugerente, mote de El Tío Francés.

Creo que fue el verano pasado cuando le pregunté a mi madre sobre el asunto. Ella se río ante mi curiosidad y me dijo:

-Pero no te acuerdas de cómo hablaba?
-No, que le pasaba cuando hablaba?
-Pues que nadie le entendía, medio balbuceaba, arrastraba las palabras y hablaba raro.
-Yo creía que eso era por la edad.
-No! Siempre fue así. La gente le llamaba El Tío Francés porque parecía que hablara en francés o en otro idioma.

Lo último que sé de El Tío Francés es que echaron a bajo su casita, para construir una nueva. Esas cosas que tienen las nuevas construcciones, que todo parece más pequeño. A pesar de que su casa nunca fue muy grande, yo la recuerdo oscura pero amplia, quizá por que las sombras nunca te permitían ubicar los rincones. En cambio, la nueva, tan nueva y tan blanca, tan definida y recta en comparación con aquellas paredes de adobe encalado, parece una cajita de cerillas encajonada entre las medianeras. Curiosamente, no entiendo porqué, el constructor no calculó bien la rasante (es decir, el nivel del suelo) y la casa quedó más alta de lo esperado, y los escalones calculados para la puerta de la entrada resultaron ser pocos y su hija tuvo que colocar unos ladrillos provisionales, sobre la acera, para poder entrar en el interior. Me imagino, que para un hombre de su edad no debía ser nada fácil entrar dentro de esa caja de muñecas.
También escuché que la cocina quedaba justo a la entrada, pequeñita, con una barra americana. De manera, que justo al entrar parecía que estuvieras en un bar. Y Pa’ José bromeaba con la idea de montarse una tasca.

Yo pensé “La Tasquilla del Tío Francés”. Yo hubiese ido a un sitio que se llamara así. Seguro que servirían vino cosechero, queso en aceite y otras tapas deliciosas.
Como cuando la Tita Marta vivía, y yo con 5 años, me pasaba las tardes sentada en su oscuro comedor mientras la veía cocinar y moverse menuda y rápida por la cocina. A ella sólo la recuerdo de espaldas, trabajando en los hornillos. Me olvidé de que se girara.



El día que me fui de cena con los profesores de Standford
Octubre 21, 2006, 7:48 am
Guardado en: encuentros fortuitos

Los profesores de Stanford tienen dos piernas, dos brazos, dos ojos, dos orejas, una nariz, y varias lenguas.

También les gusta mucho la cerveza.
Y la comida hindú muy picante.

Alguien me puede decir si ALMAX se comercializa en Japón?