Guardado en: narcisismos
imagino que por ahí os estareis atiborrando de castañas y panallets.
Y el moscatel que no falte.
Mira que bien.
Yo ando aquí, intentando justificar mi beca y preparando entregas surrealistas de un proyecto más que surrealista.
También, en mi excaso tiempo libre, fantaseo con las cosas que me compraría con el dinero que no tengo. Mi ultimo gran sueño es una maquina de coser…semejante estupidez sólo se me podría ocurrir a mi. Afortunadamente, sólo me he comprado un par de madejas de lana y he empezado la que será la primera de mis bufandas de este invierno.
He de pensar algo ligerito de aquí a mañana por la noche, mi madre me está preparando uno de sus fantásticos envíos (esta vez es mi abrigo de invierno) y cabe algo más…estoy pensando en un libro ( que original que soy) pero no sé cual…y mandar a mi Flor otra vez de Recadero a que lleve mi Herodoto sería abusivo por mi parte. O sea que nada de clásicos.
Aysh, no sé, estoy muy cansada para pensar con lucidez. Sólo puedo pensar en el hagendazz del congelador…
También me duele la tripita (vaya por dios Celia, uno domingo completito) yo creo que ha sido la mezcla de sashimi y la película La Isla, que no sé quien narices me la recomendó, pero se quedó a gusto. Tranquilos, os hablaré de ella con calma…cuando pueda pensar fríamente acerca de lo que he estado visionando. Por cierto, aquellos que no pudieron soportar La Pianista (yo ni siquiera me propuse verla, que soy muy sensible) que desistan de ver La Isla.
No sé si he comentado que aquí celebran “Hallowyn” (así, mal escrito, para joder), cosa que demuestra que lo yankee es una enfermedad contagiosa. Si por norma general Shibuya andaba repleto de niñas raritas con pelucas de colores, bronceados a punto de torrefacción y tacones de vértigo pues ahora van más raras todavía (increible pero cierto) y encima piden caramelos (vamos, el paraiso de los señores malos que miran colegialas y les dan caramelitos a cambio de…). Señores: TRUCO O TRATO.
Yo por mi parte, fascinada por los zapatos de tacón de aguja, el otro día hice un amago de probarme unos en una tienda (Zara, por cierto, que no veas Zara de Tokyo, que aquí pagan por un trapo-mierda-zara lo que nosotros sólo pagaríamos por un Adolfo Dominguez y de rebajas). Pues ahí estaba yo, preguntándome como sería ponerse eso. Eso es ponerse 10 centímetros más alta. Así que me quité mis eternas zapatillas planas y me calcé unos de aguja, así acharolados y rojos, porque puestos a probar, hacerlo con estilo, y ya estaba yo, destruyendo las estadísticas de altura femenina japonesa, rozando el metro ochentaytantos, cuando caí en la cuenta, de que incluso el aire era diferente, o eso, o era yo mareándome ante la idea de tener que bajar de ahí. Vamos, que ni me molesté en caminar, porque de todos es sabido mi patosidad crónica, y yo tengo muy claro aquello de cuanto más grande más ruido hace al caer, y cuanto más ridícula la caida más daño te haces.
Así mi mente de hipocondríaca hacía cálculos de todos los huesos que podía romperme si no atinaba a bajarme de mis zapatos rojos, que no eran míos ni nada parecido, pero los calzaba.
Mire a mi alrededor, y todas las pijas de Shibuya estaban muy ocupadas mirandose al espejo con un trapito-mierda-zara así que aproveché y me abracé a la columna que tenía justo a mi lado y sacudí los pies de uno en uno hasta quitarmelos.
Una vez en el suelo, me sentí en tierra firme, descalza, pero con toda la planta de los pies sobre el suelo. Reconfortante.
Definitivamente, la experiencia fue interesante, y muy didáctica.
Vamos, que no me compro yo unos de esos ni de coña.
(que me fijé yo, que estaban mal cosidos, y como siempre tenían restos de cola por los costados)
…..
y celia sigue murmurando
quién coño va a pagar 40.000 pesetas por un abrigo de Zara?, nadie, nadie en su sano juicio…



