Guardado en: japonismes
El final de la playa siempre tuvo algo de místico. La playa es larga, muy larga, y la falta absoluta de espigones en toda su extensión hace que se abran 3 horizontes. El del mar, el de la izquierda, y el de la derecha.
Cuando era pequeña mi padre a veces me llevaba hasta el final. El final de la derecha. El final de la izquierda no podía ser, porque llevaba al río, y el río estaba contaminado. Una vez con el colegio nos llevaron de excursión a la desembocadura del río. Aquello era como un cadaver putrefacto. Más que desembocar, parecía que vomitara sobre la playa. Allí no había pájaros, solo peces muertos, y espuma rosada que flotaba. A la derecha era diferente. A la derecha la playa se alargaba, pasando más allá del campo de golf, luego venían los chalets de los militares, con sus mujeres. Aquellos chalets ya eran anacrónicos el año que los construyeron, pero como todo en la playa, como las botellas vacías, o las jerenguillas que a veces descubríamos en la orilla, parecía que hubieran llegado con algún temporal, arrastrados, y las mujeres de los militares que salían de sus jardines vallados y bajaban a la playa con pamelas tambíen provenían de un naufragio, de un naufragio de mal gusto.
A la entrada de la playa, mucho antes de los chalets, y antes del club de golf, los restos de un búnker de guerra sobresalían como un champiñón moreno de la arena. Antes había dos. Uno hace siglos que desapareció. Hoy todavía se distingue el otro. Está al lado de la carretera. Un champiñón moreno y brillante. A eso no lo trajo la marea. Eso embarrancó cuando los años de la guerra y de la posguerra. Y luego vinieron los chalets. Y con los chalets las señoras de pamelas que nos echaban a bastonazos de la zona que quedaba frente a su valla, nos decían: “niños largaos de aquí, esto es propiedad privada”. Ahora pienso que de privada no tenía nada, como mucho era del ejercito español, y por lo tanto absolutamente nuestro. Pero ellas eran las señoras. Y nosotros los críos de un pueblo industrial que se pasó 30 años sin poderse bañar en la playa. Por eso con mi padre daba paseos. Porque el agua era para mirar. Para ver cómo se formaba espuma en la orilla, para buscar restos de conchas y cristales erosionados de manera que parecian piedras redondas de colores. En esa playa no nos pudimos bañar con todas las de la ley hasta allá por el 2000. Ese año con los colegas bromeábamos como el alcalde se sumergería en las aguas, cual Ministro Fraga, para demostrar a toda la población agitanada que ya no tenían que temer por las erupciones cutáneas ni por la contaminación, que por fin la playa volvía a ser toda nuestra, agua incluída.
Pero cuando yo era pequeña no era así, y un cartel grande a la entrada, cerca del búnker, como si fuera la advertencia en una cajetilla de tabaco decía “las autoridades sanitarias advierten que es perjudicial para la salud bañarse en estas aguas”. Y por eso simplemente paseábamos. Y llegábamos hasta el final. El final de la derecha, más allá del campo de golf y de los chalets de los militares donde las mujeres con sus pamelas y los bastones de sus sombrillas nos echaban. Allí, después de caminar largo rato llegábamos al final. El final de la playa era un gesto físico.
Allí había –hay- una laguna, un antiguo brazo del río que se quedó aislado. La laguna se veía desde la playa y se adentraba hacia la tierra, allí donde el aeropuerto y los militares, repleta de cañas y de plantas de agua dulce, y luego, del otro lado se acercaba hacia el mar, perezosa, como si extendiera los dedos remolona, y se vaciaba un poco. Era diferente del río. El río era asqueroso. La laguna no. La laguna tenía algo de misterioso, por su verdor, por los pájaros que la sobrevolaban, ajenos a los aviones que pasabn por nuestras cabezas y nos ensordecían, y luego esos peces que saltaban, y burbujeaban, y que a veces no sabían si seguir nadando hacia el mar, y se quedaban en el brazo de la laguna, pensativos.
Pero antes de la laguna, justo antes, había otra cosa. Otra cosa que había olvidado y no la recordé hasta que no la vi de nuevo hace unas semanas. De lejos, cuando llegas casi no lo distingues, porque se confunde con las rocas del espigón que protegen el brazo largo de la laguna. Así, camuflado por las rocas, y el brillo del sol, está el embarcadero, o lo que queda de él. El embarcadero es como un fosil de dinosaurio, olvidado por los que lo construyeron, y abandonado allí, otro resto más del naufragio, anacrónico, como las mujeres de los militares, el búnker, y las pelotas del campo de golf que todavía aparecen en la arena. Los pilares de hormigón mellados y desencajados, en avanzado estado de erosión, con los hierros oxidados que salen hacia fuera, rompiendo la piedra, haciendo que la oxidación y el salitre se metan más adentro, y dejando más al descubierto, todavía, la armadura del hormigón, como si fueran tendones, los pilares digo, que aguantan un embarcadero inexistente, porque ya no tiene suelo, y solo se puede caminar sobre las vigas, tan oxidadas y resquebrajadas como los pilares. El embarcadero por un lado, como la laguna, se pierde hacia la tierra, y muere en una valla, que va más allá, donde los militares y el aeropuerto, y del otro lado, muere en la playa, con sus patas gordas y torcidas, como si fuera un caballo que se hubiera metido en el agua para beber. Y no hubiera podido volver a salir.
Y allí sigue, porque nadie se acuerda que lo construyeron una vez. Ni nosotros los del pueblo nos acordamos de que está. Porque ahora que ya nos podemos meter en el agua, nos olvidamos de llegar hasta el final.
Y en el final, si subes al espigón, y miras al otro lado de la laguna, la playa continúa. Y se vuelve a perder a la vista. Y fue una sorpresa para mí –casi mística- descubrir que entonces, estabas tú al otro lado, y que yo nunca lo había sabido.



